RECUERDOS DE ANDRÉS TRAPIELLO EN EL LIBRO SERÉ DUDA

  • 29/09/2016

El escritor Andrés Trapiello, en el último tomo publicado del Salón de pasos perdidos, habla de sus vivencias del año 2005, y entre ellas describe su último encuentro con Fernando, en Badajoz, a dónde Trapiello había ido a inaugurar la Feria del Libro. Incluye una semblanza de Fernando tan bella y elogiosa como emotiva.
Transcribimos enteramente el  texto.

“… llamó J., que estaba con un pie en el estribo del avión, para decirnos que acababa de leer en el periódico la noticia: nuestro amigo FP. Acababa de morir.
                Se me vino a la memoria la última vez que nos vimos. En Badajoz. Había ido allí como autoridad competente, aunque la primera cita tuvo lugar una hora antes, en una librería de viejo. Estaba como siempre, me dijo; «Todo está bien, el cáncer parece superado, me encuentro sano, animoso, lleno de ilusión; este ánimo, dicen los médicos, es decisivo para vencer la enfermedad». Hablaba de ella como de cosa ida, y yo me alegré. Quedamos citados de allí a dos o tres semanas en Trujillo con sus jefes, consejero y director general. Llegó ese día, y como no daba señales, le telefoneé a su móvil. Lo cogió su mujer, quién, con voz atenuada, como si lo tuviera a él delante, contó que habían tenido que ir de urgencias a Salamanca, dónde lo trataban. Estaban haciéndole en ese momento una transfusión. A pesar del tono, en sordina, sus palabras vivas y nerviosas daban a entender lo inoportuno de aquella llamada que le hablaba de un almuerzo. Le pedí disculpas, y me despedí precipitadamente, deseándole lo mejor. Todo quedó como una lazada mal hecha.
                Éramos del mismo tiempo. La vida nos reúne por edades, como en el colegio. Alguien lo ha llamado, se sale de la fila, y lo vemos desaparecer camino del despacho del director. No sabemos la razón de esa llamada intempestiva. La experiencia, al pesar del poco tiempo que da la vida para extraer de ella enseñanzas firmes, nos enseña que esa anomalía suele estar ligada a malas noticias. Esperamos en el estudio o en el dormitorio a que vuelva y nos cuente luego en el recreo qué le han dicho, qué ha sucedido, por qué ha sido reclamado de ese modo. Pero pasa el tiempo y el amigo no vuelve al estudio, en el recreo no le vemos, y al volver al dormitorio vemos su cama deshecha, las mantas dobladas sobre el colchón, y el armario desprovisto de ropa. Ningún rastro de su paso por ese internado. En unos días nadie hablará de él, en dos o tres años el recuerdo se habrá evaporado casi por completo.
                Era en verdad un hombre de una bondad inigualable, encarnación de un antiguo institucionalista. Se disgustaba con algunas páginas de este Spp cuando creía descubrir a algún amigo o conocido tratado de una manera poco amable. Decía: «No es como tú lo sacas; es decir, es así, pero no sólo así». Si yo le decía que era así como lo había conocido y como iba a quedar contado, movía la cabeza con pesar, pero no decía nada, pensando acaso que la literatura entonces no servía para gran cosa, si fija las cosas de tal manera que nos encadena a ellas.
                Se encargaba de las ediciones de la Junta de Extremadura, creía en la labor pedagógica de los libros, en la tarea ingente de llevar la cultura a todos los rincones de esa tierra, algunos dejados de la mano de Dios desde mucho antes de que Dios existiera. Creó bibliotecas ambulantes también. Alguna vez yo veía a su hijo en Madrid, donde estudiaba, y le decía, tu padre es un hombre bueno; pero a los dieciocho años no sabe uno si somos conscientes de lo que quiere decir esta palabra.
                Era de otra época, silencioso y reflexivo. Vestía con corrección y hablaba también con ella, como profesor que era. Era atento escuchando y prudente aconsejando. Yo le decía: «Habrías hecho un buen papel en la tertulia de Antonio Machado». Si se veía obligado a decir algo malo de alguien, no lo decía nunca en contra de la persona,  sino del hecho juzgado, que le sorprendía. Se limitaba a decir, ese es un cabrito. En sus labios esa palabra casi era cariñosa, como el coscorrón testimonial que podía darle un dómine a un pupilo incendiario, dispuesto a cambiar de opinión a poco que el pupilo le diera pie a ello.
                Me entristece tu muerte, amigo, y me gustaría dejar aquí, en estos libros que tú leías, que tú antologaste por el gusto de escoger de ellos lo mejor de esta tierra y  lo mejor de ellos, me gustaría dejar algo más que un pequeño ramo de palabras, porque también estas se marchitarán aquí, como se marchita todo”.