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INTRODUCCIÓN
DEL DARWINISMO EN
LA EXTREMADURA DECIMONÓNICA
Prólogo
A
lo largo del siglo XIX, si bien de forma paulatina, España
comienza a incorporarse a la cultura y ciencia europeas, tras siglos
de perezay abandono intelectual no achacable (como ciertos sectores
tradicionales y reaccionarios del país han querido hacemos
ver) a nuestra secular incapacidad para la abstracción y
el análisis - tópico que ya va siendo hora de desmantelar
para siempre-, sino más bien a causas ajenas a la dinámica
de la producción filosófica y científica. Este
tímido asomamos al progreso pasa por diferentes grados y
épocas: escepticismo, eclecticismo, krausismo, neokantismo,
positivismo, darwinismo...
No obstante, nuestra incorporación a la cultura europea del
momento se hace de manera parcial y a trompicones, no tomando los
sistemas en su totalidad, sino tan sólo en aquellos aspectos
que pueden ser más llamativos o que mejor congenian con el
talante del divulgador de turno. Aún con todo, la oposición
a las nuevas teorías alcanza cotas casi patológicas
entre los defensores de una ortodoxia tridentina. Ello hace que
el siglo XIX se vea desbordado por una constante polémica
a lo largo y ancho de la geografía nacional. Manifestación
peculiar de eso que ha dado en llamarse "las dos Españas"
y que reproduce, de forma iterativa, una lucha cultural habida ya
en el siglo XVIII y otra vez repetida en el siglo actual.
La divulgación del darwinismo en España no va a escapar,
evidentemente, a esta servidumbre. El darwinismo, independientemente
de la interpretación o manipulación que se le dé,
está presente de forma omnímoda en la vida intelectual
del último tercio del siglo XIX, con vinculaciones positivistas
primero y socialistas más tarde para acabar siendo etiqueta
identificadora del liberalismo en su sentido más amplio.
En la polémica sobre el darwinismo se van a dar tres posturas
claramente definidas: la del sector tradicional o reaccionario,
cargado de argumentaciones de tipo moral y religioso; la del sector
liberal, que manipula ideológicamente el darwinismo como
defensa de sus propios intereses de clase; y, finalmente, la del
sector socialista, que critica la utilización burguesa de
la teoría.
Lo primero a destacar es la tardía traducción de las
obras de Darwin al castellano, muestra una vez más del atraso
respecto a Europa en que nos encontramos. Habrán de pasar
más de diecisiete años para que los españoles
que no dominan algún idioma europeo (alemán, francés
o italiano) puedan leer la obra capital de la teoría evolucionista.
En 1859 de publica en Londres On the origin of species y en 1871
The descent of man. Al castellano, sin embargo, se traducirá
primero esta segunda obra: El origen del hombre. La selección
natural y la sexual (Barcelona, 1876), aunque de manera extractada
y recortada y sin el nombre del traductor, luego identificado como
Joaquín María Bartrina. Al año siguiente, es
decir, en 1877, aparecía en Madrid la traducción de
El origen de las especies por medio de la selección natural
realizada directamente de la 6ª edición inglesa por
Enrique Godínez. No obstante, en España, desde la
década de los 60, varios naturalistas comienzan a difundir
las ideas del evolucionismo, llevándose la primacía
Rafael García Álvarez y Antonio Machado y Núñez.
Pero es en el sexenio revolucionario (1868-1874) cuando alcanza
su apogeo la difusión de las ideas darwinistas gracias a
la libertad de expresión, hasta el punto de que en los cenáculos
intelectuales se tiene a gala de distinción hablar de Darwin,
Lamarck y Haeckel.
También en fecha muy temprana se comienza a atacar al darwinismo
en los discursos de apertura de curso de las Universidades; así
lo hacen el catedrático de Historia Natural José Planellas
Giralt en 1859 en la Universidad de Santiago de Compostela y Francisco
Flores Arenas, catedrático de Medicina, en la Universidad
Literaria de Sevilla en 1866; de igual modo José de Letamendi,
catedrático de Anatomía en la Universidad de Barcelona,
ataca a Darwin en un discurso pronunciado en el Ateneo catalán
en 1867.
El libro de Fernando Pérez que el lector tiene en sus manos
recoge un aspecto desconocido, o poco conocido, de la polémica
introducción del darwinismo, o, para decirlo con sus propias
palabras, el capítulo extremeño de la historia del
darwinismo en España. Porque Extremadura, y en este caso
Badajoz, aunque alejada de los focos difusores de cultura (Madrid
sobre todo), sí era centro productor de cultura; a ella también
llegaban las novedades científicas y humanísticas
que producían, inmediatamente, reacciones de adhesión
o rechazo; allí había una labor editorial floreciente
y una prensa numerosa y polémica, donde se reñían
las más encendidas batallas; y centros como el Instituto
de Segunda Enseñanza con profesores de una calidad muy superior
a la media nacional: Tomás Romero de Castilla, Máximo
Fuertes Acevedo y Anselmo Arenas López, entre otros.
El autor del presente libro ha sabido resumir muy bien y exponer
de manera coherente una amplia información regional hasta
ahora no utilizada. Su panorama regional de la ciencia decimonónica
es un modelo de hacer historia regional de la ciencia, una lección
para todos aquellos que, por movernos entre historias generales
y grandes figuras, o encerrados en un centralismo cultural, nos
olvidamos a menudo de reconocer que la implantación social
e ideológica de una teoría científica no se
debe a sus creadores, sino, en palabras de Fernando Pérez,
a escritores y científicos divulgadores, poco originales
y con un conocimiento superficial de la materia, pero que saben
llegar perfectamente al gran público no especializado y levantar
en él una estela de intereses.
La parte central del libro analiza la introducción del darwinismo
en Extremadura a partir de tres fases distintas. Una primera fase
de recepción con referencias de escaso valor aparecidas en
la prensa donde se pone de manifiesto la falta de información
y los errores en que con frecuencia caen los divulgadores de la
nueva doctrina. Sólo se salvan de esta mediocridad unas "Cartas
sobre el estado de la civilización presente" enviadas
desde París a La Crónica en 1877 y firmadas por N.,
bajo cuya inicial se esconde Nicolás Salmerón, por
aquel entonces exiliado en la capital francesa. La autoría
no ofrece dudas pues la temática de las "Cartas"
es la misma que aparece en el apéndice a una obra de Tiberghien,
de 1875, elaborado por Salmerón y González Serrano,
inmersos ya ambos en la derivación krausopositivista.
La segunda fase hace referencia a la polémica mantenida en
1883 con ocasión de la publicación del libro de Fuertes
Acevedo sobre el darwinismo, mientras que una tercera fase de normalización
vendría marcada por la amplia aceptación de la doctrina
tras la labor divulgadora.
Esa segunda fase, la más importante a nivel social e ideológico,
está ocupada por la figura de Fuertes Acevedo y su contrincante
Fernández Valbuena. De Máximo Fuertes Acevedo, catedrático
de Física y Química en el Instituto de Badajoz, han
tratado, recientemente, Manuel Pecellín Lancharro en su excepcional
libro El krausismo en Badajoz: Tomás Romero de Castilla (1987)
y Felicidad Sánchez Pascua en El Instituto de Segunda Enseñanza
de Badajoz en el siglo XIX (1985). Para Ramiro Fernández
Valbuena, canónigo penitenciario de la Catedral de Badajoz,
es de imprescindible consulta el libro de Pecellín ya citado.
La aparición de la obra de Fuertes Acevedo, El darwinismo,
sus adversarios y sus defensores, donde exponía la teoría
evolucionista desde una presunta neutralidad científica,
concitó las iras del sector reaccionario cerrando filas en
torno a Fernández Valbuena el cual, desde las páginas
de El Avisador de Badajoz y oculto bajo el pseudónimo de
"Clara de Sintemores", orquestó una campaña
de desprestigio y mal gusto contra la teoría del naturalista
inglés y la persona del profesor español que la difundía.
Y en este capítulo regional de la polémica darwinista
vuelve a quedar claro que su difusión fue más ideológica
y filosófica que estrictamente científica. El acierto
de Fernando Pérez ha consistido en saber ilustrar, a partir
de un caso concreto, una lucha más amplia y generalizada
a nivel nacional: la mantenida entre los defensores de un tradicionalismo
mal entendido y una burguesía liberal y progresista empeñada
en la modernización del país y de sus estructuras.
Junto a lo no muy abundante, pero buena bibliografía sobre
la introducción del darwinismo en España (me vienen
a la memoria los libros de Diego Núñez, El darwinismo
en España; Thomas F. Glick, Darwin en España; el número
monográfico de la revista Anthropos sobre el darwinismo en
España en el primer centenario de la muerte de Darwin, y
algún que otro artículo que no recuerdo ahora) hay
que colocar desde ya La introducción del Darwinismo en la
Extremadura decimonónica, de Fernando Tomás Pérez
González.
ANTONIO JIMÉNEZ GARCÍA,
Profesor de Historia de la Filosofía
Española en la Universidad Complutense.
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