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El Pensamiento de José Álvarez Guerra

PRÓLOGO

    Antes de la realización de su tesis doctoral, que ahora se publica(1), yo había colaborado con Fernando Pérez en dos trabajos concretos: la publicación del libro Genealogía Extremeña de Antonio Machado (Cáceres, Institución Cultural "El Brocense", 1989) y su participación en el Dictionnaire du Darwinisme et de l'Évolution (París, PUE 1996,3 vols.), dirigido por Patrick Tort, y en el que yo tenía a cargo la sección española. En ambas ocasiones había podido comprobar que Fernando Pérez era un investigador de raza; tenía las ideas muy claras, tanto desde el punto de vista teórico como metodológico, a la hora de trabajar en el campo de la Historia de las ideas. Su tenacidad en la búsqueda de la documentación requerida resultaba admirable: era un perseguidor incansable del dato preciso, de la fuente oportuna, al margen de la dificultad de acceso que presentaran; y luego sabía sacarles con agudeza la rentabilidad analítica adecuada. Su afán de curiosidad y conocimiento en el terreno de la Historia del pensamiento español era inagotable; de ahí que las conversaciones con él sobre estos asuntos fueran siempre gratificantes.

    Yo me había ocupado ya de José Álvarez Guerra en el libro De la Alquimia al panteísmo: Marginados españoles de los siglos XVIII y XIX (Madrid, Editora Nacional, 1983), realizado en colaboración con José Luís Peset. Me había asomado a este autor extremeño, entre otros, como ejemplo significativo de toda una línea de pensamiento en el XIX español. Por eso, cuando Fernando me habla de escribir su tesis doctoral sobre Álvarez Guerra, me embargó un doble motivo de satisfacción: primero, porque, conociendo sus dotes de investigador, como acabo de mencionar, me constaba que cuando él abordaba un tema lo hacía siempre de manera seria y rigurosa, con lo que su propósito daría pie a buen seguro a una investigación monográfica de primer orden, como así ocurrió; y segundo, porque lo poco que se conocía de Álvarez Guerra estaba lleno de inexactitudes y enfoques incorrectos, por lo que un buen estudio sobre él hacía tiempo que parecía una tarea urgente y necesaria.

    El tema era, sin duda, sugestivo. Álvarez Guerra representa, de modo paradigmático, los avatares del pensamiento liberal español decimonónico. Como ya observara Rudolf Carnal(2), los sistemas metafísicos monistas suelen expresar una actitud armoniosa y equilibrada ante la realidad, mientras que los dualistas tienden a reflejar más bien una visión del mundo en términos de perpetua lucha y de contradicciones irreconciliables. En este sentido, resulta curioso constatar, dadas las peculiares circunstancias del país, la proclividad del pensamiento liberal español del XIX hacia concepciones del mundo de tipo armonicista y más o menos panteísta, salvo, claro está, casos como el de Unamuno, a caballo entre los dos siglos, que encajaría perfectamente en lo que Lucien Goldmann ha definido como "visión trágica"(3). Se trata en líneas generales de un armonicismo que intenta poner orden, al menos mentalmente, en una situación nacional llena de desajustes y polarizaciones, y de un panteísmo que pretende integrar y racionalizar el problema religioso, tan importante entonces en nuestro país. Verdaderamente, en el marco de la metafísica y de una teología consecuente, resulta difícil conjugar racionalidad y creencia religiosa sin deslizarse hacia el panteísmo. No sé muy bien si Menéndez Pelayo era consciente de este problema teórico; lo que sí atisbó certeramente es que casi todos los llamados por él "heterodoxos" en el siglo XIX se movían en esta órbita metafísica; de ahí que su fobia hacia el krausismo y hacia cualquier fórmula panteísta no fuese gratuita.

    A José Álvarez Guerra se le ha venido considerando desde Menéndez y Pelayo como una especie de "precursor inconsciente" del krausismo, a la par que se le han señalado también paralelismos con el pensamiento que su biznieto Antonio Machado puso en boca de su álter ego Abel Martín. Sin perder de vista estas perspectivas, Fernando Pérez no hace de ellas, con buen criterio, el centro de su investigación, sino que la obra del autor extremeño (sobre todo, su Unidad Simbólica, de 1837) es estudiada fundamentalmente como parte integrante de una corriente filosófica monista y armonicista, que a la muerte de Fernando VII trató de responder a las necesidades teóricas de un sector de la burguesía española que luego abrazaría el krausismo. En efecto, casi toda la obra de Álvarez Guerra publicada entre 1837 y 1857 (10 opúsculos y 14 artículos, todos ellos analizados aquí por vez primera) persigue un único objetivo: la regeneración moral y la reordenación social de España. El núcleo de esta Unidad Simbólica es un monismo cercano al panteísmo, sobre cuya base enuncia un principio regenerador que dará origen a una utopía semejante a la de Fourier y los sansimonianos, a los que cita en un opúsculo de 1857.

    Una parte importante de la investigación está constituida por el análisis de la vida y por la recopilación de la obra del autor. La causa de este hecho está sobradamente justificada: tanto sobre la una como sobre la otra venían circulando diversos errores y falsedades. Era necesaria, por tanto, una correcta reconstrucción biográfica. A través de ella descubrimos el rico y estimulante entorno social de Álvarez Guerra: la vigorosa personalidad del padre, la relevancia intelectual y política de su hermano Juan (dos veces ministro y reputado agrónomo) o su parentesco con el erudito Agustín Durán, circunstancias todas ellas que le permitieron relacionarse con los personajes más eximios del liberalismo doceañista, situándole en el centro de la escena política en la primera mitad del siglo.

    Conocemos también la experiencia de su exilio en Francia y las motivaciones de su desencanto político, lo que le llevaría al final de su vida a la reflexión filosófica. Se apuntan asimismo -y se dejan abiertas para futuras investigaciones- las conexiones familiares con el poeta Antonio Machado y las posibles influencias sobre el ilustre biznieto.

    Otra contribución relevante de esta obra es el extenso capítulo dedicado al contexto filosófico. Se describe en él una clara situación de "pensamiento vacante", caracterizada por el rechazo progresivo del viejo filosofismo (el enciclopedismo dieciochesco, estimado ahora como negativo y disolvente) y del mimético e insuficiente doctrinarismo, al tiempo que se busca con afán un nuevo sistema genuino nacional (o al menos no dependiente de Francia) que facilite la reconciliación nacional y la reorganización social, que el país estaba demandando. Vemos en él cómo las nuevas generaciones liberales no aceptan el sensismo y el utilitarismo de los doceañistas; cómo se produce una introducción frustrada del comtismo de la mano de otro autor extremeño, José Segundo Flórez, que llegó a ser albacea de Augusto Comte; cómo irrumpe el socialismo utópico (con una atención especial al sansimonismo y al fourierismo, influjos ambos que están presentes en Álvarez Guerra, aunque reconocidos por él a regañadientes); cómo se reflejaron en la prensa de la época los primeros ecos del krausismo, que sí pudo conocer, tal como indicó Jobit contra lo afirmado por Menéndez y Pelayo, aunque, como señala acertadamente Fernando Pérez, las semejanzas que se hallan entre la doctrina krausista y el pensamiento de Álvarez Guerra se pueden explicar de modo satisfactorio sin recurrir al supuesto de la lectura directa. Y, sobre todo, se analizan con habilidad dialéctica los intentos de desarrollar un pensamiento social autóctono, armonicista y conciliador, en el que, además de la Unidad Simbólica, se inscribiría la obra de otros pensadores, tales como Borrego, Ramón de la Sagra, José Soriano, Roque Barcia, López Martínez, etc.

    Desde el prisma historiográfico, a Álvarez Guerra le perjudicó sin duda el juicio ofrecido por Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos. Es bien conocido cómo la crítica posterior, con su pereza en acudir a los archivos, entre otras cosas, y su desidia documental, convirtió al historiador santanderino en socorrida e inagotable referencia.

    Menéndez y Pelayo, como algunos hispanistas franceses coetáneos percibieron, vivía en este sentido una clara esquizofrenia: su ideario iba por un lado, y su método investigador por otro, pues en la práctica se comportaba como un historiador positivista. Pues bien, Álvarez Guerra, debido a sus similitudes con el krausismo, recibió del santanderino el mismo trato y la misma hostilidad que éstos (4). Quedarse con la imagen de Álvarez Guerra como un mero "precursor" del krausismo, como nos lo presenta Menéndez y Pelayo -tan aficionado a buscar precursores por todas partes-, no deja de ser una lamentable simplificación. Frente a ello, Fernando Pérez pondera en sus justos términos la originalidad del proyecto social de Álvarez Guerra y propone contemplar su pensamiento como una alternativa teórica con personalidad propia, que trató de responder a los intereses intelectuales y materiales de un importante sector de la sociedad española del momento. Subraya con acierto que las coincidencias con el krausismo son más de objetivos que de contenidos filosóficos en sentido estricto, matizando al mismo tiempo las diferencias que le separan de Fourier y de Saint-Simon. Fernando Pérez, en suma, ha realizado con este trabajo una excelente aportación para el mejor conocimiento de la historia de las ideas en la primera mitad del siglo XIX español.

Diego Núñez