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Gonzalo Hidalgo Bayal
NEGACIÓN DEL MÉTODO
Hubo
una época en que la mayor parte de mi jornada laboral era
nocturna. A esa circunstancia, que en sí misma ya significaba
una relegación, se añadía la injusticia horaria,
un abuso común entonces según el cual, distribuidos
los privilegios por turno jerárquico, a los no numerarios,
reos de insuficiencia intelectual, sólo nos quedaban retales,
desmesuras, desperdicios. Resultaba, pues, que, entre clase y clase,
disponía de mucho tiempo inútil que, en el mejor de
los casos, aprovechaba leyendo o, en el peor, mirando por la ventana
las sucesivas variaciones de la penumbra y la soledad diversa de
la noche. El caso es que, en cierta ocasión, durante uno
de esos claros oficiales, decidí escribir un poema. No fue
porque los dioses me hubieran regalado un verso ni porque hubiera
sentido un arrebato de inspiración o incontinencia. Se trataba,
muy al contrario, de una decisión fría, antirromántica,
estrictamente técnica. Dispuse, pues, la máquina de
escribir, coloqué un folio y adopté una postura pensativa.
Frente a mí, en el rincón que formaba una estantería
con la pared, destacaba la figura marrón,en barro, de un
joven dios grecolatino. La ventana y el olor oscuro de la sombra
quedaban a mi derecha. Así las Icosas, fijos los ojos en
la estatua, lo primero que, al cabo de un rato, acudi6 a mi mente
fue un verso o, mejor, la sensación irreal de un verso, su
suspensi6n en el vacío: «Una vez, en una taciturna
medianoche, mientras meditaba débil y fatigado», etcétera.
Luego, sí, recordé enseguida los infalibles mecanismos
del «Método de composición»: «La
obra se desenvolvi6 paso a paso hasta quedar completa, con la precisi6n
y el rigor 16gico de un problema matemático». Yo decidí
actuar con el mismo criterio: escribir un poema con la exactitud
distante de los dioses, ajenos al dolor. «La belleza constituye
el único dominio legítimo del poema», sigue
diciendo Poe y, según la experiencia, añade, el tono
poético encuentra su manifestaci6n suprema en la tristeza.
Por ese estrecho cauce discurrían mis divagaciones, cuando,
de repente, alcanzaron su límite. La raz6n era simple, elemental
como la luz imprevista: acababa de encontrar el centro del poema.
No sin entusiasmo, tecleé en la máquina, con letras
mayúsculas, el título: TRISTEZA. Ya disponía
de un núcleo, una noción precisa a la que aplicar,
como un silogismo, la lucidez implacable del análisis lírico.
Mis pretensiones eran, sin embargo, de difícil logro. La
palabra «tristeza» contiene la plenitud de una sustancia
irreversible y mi prop6sito consistía precisamente en despojarla,
privarla de atributos, reducirla. Al revés que Poe, que había
encontrado en «nevermore» la fonética del estribillo,
la asociación de una vocal sonora y una consonante activa,
e iba a proceder por saturación, yo había elegido
en «tristeza» la honda semántica del alma, casi
la abstracción de un accidente espiritual, y quería
alcanzar la luz secreta de su ontología. En el acto comenzaron
la tareas de acoso, gobernadas siempre por la sabia preceptiva del
método, pero, a medida que pasaba el tiempo, no sólo
no trasladaba ningún verso al papel, sino que mi pensamiento
naufragaba: lo que ganaba en profundidad lo perdía en compostura
y, en consecuencia, se alejaba de la intención original.
Al otro lado de la ventana prevalecía la noche, cuya esencia
insondable anula la razón, niega la libertad, y, así,
la tristeza abs tracta y desposeída a la que yo me enfrentaba
desde la estrategia lingüística esparcía con
dulzura el silencio cóm plice y cautivo de sus redes. Mi
situación se tornaba poco a poco lastimera. Apoyados los
codos en la mesa, las manos en las mejillas, mi mirada no tenía
otro horizonte que el título, huérfano en el folio
deshabitado, que el dios grecolatino, que la noche. Ensayé
salidas de urgencia y a punto estuve de rendirme, pero ya se sabe
que, después de la intuición verbal, la mayor virtud
literaria
es la perseverancia, así que seguí en mi empeño.
Por eso tal vez quiso el azar que, volviendo del mundo de las ideas,
advirtiera de pronto una anomalía, una simple peculiaridad
mecanográfica. El teclado de la máquina, desvencijado
al cabo de los años, alineaba defectuosamente algunas letras,
concretamente las dos tes de tristeza, levemente hundidas. Así
aisladas, ceñidas a su simple dibujo, T y T, identificarlas
con muletas apenas tenía Iotro mérito que el de la
común percepción visual. Deduje entonces que, inválida,
la tristeza se apoyaba sobre unas muletas endebles, sin consistencia
material. Por tanto, si la privaba de sus puntos de apoyo, quedaban
dos palabras huecas: ris, eza. Hurtándole el significado,
alcanzaba fmalmente mi propósito. Pronto advertí,
no obstante, la semejanza radical de «risa» y «riseza»
y esa traición de la morfología se me antojó
siniestra, como si riseza señalara la mueca de amargura que
la tristeza pone en cada rostro, la sonrisa cifrada del que sabe
su muerte y abastece el desahucio. Todas las tentativas fueron vanas.
Esbocé endecasílabos y alejandrinos, ensayé
combinaciones métricas heterodoxas, surgieron agudezas y
aforismos, pensamientos sutiles y razones sagaces, e incluso, contraviniendo
la disciplina de la composición, quedó constancia
sincera del dolor, pero todas las ambiciones se estrellaron contra
el dios grecolatino o contra el dulce fluir de la noche y no hubo
perspicacia capaz de reducir la tristeza a su materia, de convertir
en poema la riseza. Muchas veces, después, he intentado encontrar
esa forma, expresar la conversi6n del término y fijar la
defmición defmitiva, pero el método ha perdido su
eficacia y no consigo sino variaciones ininterrumpidas en torno
a algunos elementos perdurables: el título, el capricho gráfico
de las muletas y, como el rumor de alguien llamando suavemente a
la puerta, como la agitaci6n y el movimiento de alas de un cuervo
majestuoso, la amenaza de una palabra inexistente.
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