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Eugenio Fuentes
LOS
ZAPATOS
Cuando,
por la mañana, al vestir a su hijo para llevarlo al colegio,
el hombre fue a anudarle las zapatillas deportivas, advirtió
que se le habían quedado pequeñas antes de gastarse.
Lo que no habían podido deteriorar el fútbol, ni las
piedras, ni los charcos, lo volvía inútil la savia
de la edad. El niño acababa de pasar la gripe y, como un
efecto secundario del virus, había crecido repentinamente.
Por la tarde, tendrían que salir a comprar un par nuevo.
Mientras
él se calzaba observó sus propios zapatos, de color
marrón, flexibles y nobles: no le hacían tropezar.
Solía comprar calzados cómodos y caros, pero luego
nunca se fijaba demasiado en ellos, los usaba hasta que se volvían
viejos sin apenas ocuparse de cepillarlos, sin vigilar el deterioro
de las suelas o los arañazos en el empeine. Sólo de
vez en cuando, de paso, en algún bar o en alguna máquina,
dedicaba cinco minutos a su limpieza. Al regresar del trabajo, los
dejaba maquinalmente en el mueble de la entrada hasta el día
siguiente, sin concederles el mismo cuidado que a su ropa o a sus
gafas.
Pero
esa mañana pensó en ellos con agradecimiento y con
algo de sorpresa por todo lo que le sugerían y le recordaban.
Ninguna otra prenda, se dijo, a pesar de estar en lo más
bajo, es tan imprescindible para la elegancia, y por eso resultan
tan ridículos los descalzos pingüinos con frac; ninguna
otra tiene tal capacidad de expresar los sentimientos: la inquietud
de los zapatos escolares que siempre parece que están buscando
hormigas que pisar; la tristeza y el hambre del zapato del pobre
que oculta las bocas abiertas en las suelas gastadas; el orgullo
del zapato brillante del adinerado que puede sustituirlo incluso
antes de que se haya hecho necesaria su limpieza o haya comenzado
a oler mal; el zapato femenino de tacón que tanto excita
y sugiere cuando, por la mañana, aún sigue volcado
en la alfombra, al lado de la cama, y no ha tenido tiempo de ser
guardado en el armario; el atractivo de los grandes mocasines de
las mujeres grandes; el cansancio en el zapato del cartero y la
pesadumbre en el del vagabundo; la amenaza en los clavos de las
botas paramilitares, su furia sucia como una huella de barro en
un lecho de harina; la ociosidad de las polainas blancas; la austeridad
de las sandalias --cuero y rueda- de los campesinos de su niñez
que dejaban asomar los dedos como gordos racimos de percebes negros...
El hombre recordó un zapato abandonado, acartonado ya, con
la suela torcida, con el que había tropezado en una aislada
playa de Cádiz, y cómo había pensado que hay
otras prendas perdidas que sugieren sudor, o prisas, o sexo, pero
ninguna evoca tanto la muerte de su dueño como un zapato
vacío. Por eso, se dijo, los gusanos y los habitantes del
subsuelo anidan rápido en los zapatos abandonados. Prendida
a esa imagen, acudieron otras, vistas en el televisor, de accidentes
de tráfico donde una manta no llegaba a cubrir el pie desnudo
de una víctima.
Se puso en pie, ya calzado, y bajó las escaleras despacio,
como si no quisiera herirlos con su peso, como un pequeño
homenaje a la prenda más humilde y sufrida, la más
desdeñada, aunque era la que más hacía para
protegerlo de la escarcha --con el tibio calor de la piel procedente
de otro ser vivo-- y de las brasas de la lava, de las zancadillas
y los pisotones de quienes siempre están pensando cómo
hacer para adelantarte.
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