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Javier Cercas
LA TRAGEDIA Y EL TIEMPO

Como cualquier otro español, yo tampoco voy a olvidar nunca la tarde del 23 de febrero de 1981. Aquel día llegué a mi casa desde la universidad a eso de las 6.30 y me encontré a mi madre muy alarmada; algo ocurría en el Congreso de los Diputados: me contó que, apenas unos minutos atrás, estaba planchando mientras escuchaba en la radio la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno cuando un grupo de guardias civiles había interrumpido el acto entre gritos y disparos. No recuerdo lo que mi madre y yo hicimos a continuación: quizá seguimos escuchando el silencio ominoso de la radio, quizá pusimos la televisión; tampoco recuerdo con exactitud mi estado de ánimo, que sin duda vacilaba entre el nerviosismo y la exaltación. Porque no hacía falta conocer al dedillo todos los rumores de golpes de Estado que circulaban por el país desde bastante antes de la dimisión del presidente Adolfo Suárez para comprender lo que había ocurrido. Por entonces yo tenía 18 años, estudiaba primero de carrera, no militaba en ningún partido político, soñaba con escribir novelas; además, me temo que era, igual que lo soy ahora, un tipo razonablemente cobarde. Así que nunca he acabado de entender muy bien mi reacción de aquella tarde, aunque mentiría si dijera que me arrepiento de ella; en realidad, es una de las pocas cosas que he hecho en mi vida de las que no me arrepiento. Mi reacción fue echarme a la calle (con la oposición frontal de mi madre, que había vivido de niña el 18 de julio de 1936 y no lo olvidaría nunca) y salir corriendo hacia la universidad. No sé lo que pensaba encontrar allí: además de razonablemente cobarde, por aquella época yo era también razonablemente necio y tenía la cabeza razonablemente llena de novelas, de forma que no hay que descartar que por mi imaginación pasaran imágenes belicosas de una ciudad alborotada de manifestaciones multitudinarias, erizada de barricadas en cada esquina y armada por hombres enigmáticos que en el hall de la Facultad de Letras repartían fusiles entre los estudiantes. La realidad no tardó en desmentir ese atroz espejismo romántico: pronto advertí que mi ciudad estaba tan desconcertantemente tranquila como lo estaban, según supe más tarde, todas las demás ciudades de España, y al llegar a la Facultad de Letras comprobé con incredulidad que el hall estaba casi vacío. Pero sólo casi: en un rincón, conversando, tranquilos y sonrientes, se hallaban un poeta algo mayor que yo y dos compañeras de curso, una de ellas poetisa. Me contaron que se había conocido la noticia del golpe por un profesor que había abierto la puerta de la Facultad haciendo un salvaje corte de mangas, que se habían suspendido de inmediato las clases, que la gente había huido a sus casas en desbandada. Mi memoria del resto de la tarde es confusa. La verdad es que no había mucho que hacer salvo aguardar acontecimientos; además, yo estaba enamorado de mi compañera poetisa, y quizá eso lo explique todo. Lo cierto es que sólo recuerdo que salimos los tres juntos de la universidad, que fuimos a un bar triste y aburrido y que pasamos allí mucho rato, hablando vagamente de lo que había ocurrido en Madrid, de literatura, de alguna película. No es imposible que me olvidara por completo del golpe de Estado, porque estaba demasiado ocupado con mi poetisa, pero es casi seguro que, cuando volví a casa, la inquietud de mis padres - que habían sido resignada o tibiamente franquistas y ahora votaban a Adolfo Suárez, un antiguo funcionario y ministro del régimen a quien yo despreciaba sin resquicios hasta que aquel día demostró con una serie sucesiva de gestos de coraje que nadie estaba dispuesto a hacer más que él para defender la democracia española - me devolviera la inquietud. Todo seguía más o menos igual y, como en todas las casas, en la mía también permanecimos en vilo hasta que, tarde ya en la noche, apareció el Rey en televisión ordenando a los militares sublevados que depusieran las armas, y sólo entonces respiramos aliviados.
Esta es mi historia de aquel día, una historia anodina, mucho más que la de mucha gente, como aquellos amigos míos que, previendo el régimen de espanto que se avecinaba, trataron de consolarse fumando marihuana en un coche a oscuras, junto a un campo de fútbol, tan nerviosos que el coche se cayó por un terraplén y ellos tuvieron que volver caminando a casa; o la de aquel otro que se pasó la tarde recorriendo los quioscos para hacer acopio de revistas pornográficas; o la de los muchos cargos políticos y militantes de partidos de izquierdas que esa misma tarde, algo más que razonablemente cobardes, se pusieron a salvo cruzando la frontera con Francia. Todo esto suena a comedia, y es natural, porque tarde o temprano todo lo que empieza como tragedia acaba como comedia o porque, como dice Woody Allen, comedia es tragedia más tiempo. Por eso se ha podido escribir que aquél fue un golpe de Estado de opereta. Por supuesto, lo fue en la forma (desde la entrada digna de Valle-Inclán de los guardias en el Parlamento hasta su salida por las ventanas, digna de Buster Keaton, por no hablar de la propia organización del golpe, un prodigio de confusionismo e incompetencia sólo al al
cance de los Hermanos Marx); pero no lo fue en el fondo. De hecho, y pese a su pésima preparación y a que casi nadie lo apoyaba, el golpe estuvo a punto de triunfar, sin dar tiempo de que la tragedia se convirtiese en comedia. Si no lo hizo, si no triunfó, no fue porque los españoles saliesen a la calle a defender la democracia, como ocurrió el 18 de julio de 1936, sino porque lo impidió la única persona que podía impedirlo. Supongo que la extrema derecha y la extrema izquierda españolas nunca dejarán de insinuar la connivencia del Rey Juan Carlos con el golpe; además de falsa, la acusación es una estupidez. Alego una sola prueba, de ello y de que los militares sublevados se hubieran salido con la suya de no ser por la intervención del Rey. Unos días después del 23 de febrero, Guillermo Quintana Lacaci -el capitán general de Madrid que impidió que la División Acorazada Brunete tomara aquella tarde la capital, lo que hubiera supuesto sin la menor duda el éxito del golpe- le dijo al nuevo ministro de defensa, Alberto Oliart: «Ministro, antes de sentarme te tengo que decir que soy franquista, que adoro la memoria del general Franco, que he sido ocho años coronel de su regimiento de guardia, que llevo esta medalla militar que gané en Rusia, que hice la guerra civil; por tanto, ya te puedes figurar cómo pienso. Pero el Caudillo me dio orden de obedecer a su sucesor y el rey me ordenó parar el golpe del 23-F y lo paré; si me hubiera ordenado asaltar las Cortes, las asalto». O dicho de forma más clara: que yo sepa, aquella noche nadie en España se hizo monárquico, pero todos nos hicimos como mínimo juancarlistas. Por lo demás, semanas o meses más tarde ETA asesinó a Quintana Lacaci y yo me hice novio de la poetisa, un noviazgo que naturalmente acabó en catástrofe. Bien pensado, quizá todo lo que empieza, sea como comedia o como tragedia, acaba siempre como tragedia.