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Félix Grande
LA MONTAÑA

Fernando : esta publicación es una lágrima

Como mi madre, cuando yo tenía seis años, amenazaba con arrojarse al pozo, o con ahorcarse en el árbol del patio, mi máquina de producción de angustia ha estado expandiendo un humo nauseabundo durante toda mi vida. Por los desfiladeros en donde se acomodan mis sentimientos como buenamente pueden deambulaba una especie de odio que, como es natural, se transformaba en culpa. A veces noto cómo la culpa, lo mismo que un ciempiés, corretea por entre mis nervios, transformándome en un bulto de chirriante perplejidad acorralada por un insomnio omnipotente. Son cosas que pasan, cada cual lleva su alma en su armario, y ahora que he empezado a ser viejo no voy a autorrecrirninarme por sentir unas emociones tan antiguas y tan apelmazadas. Y sin embargo, esta noche, mientras dormía con ayuda de una dosis de benzodiacepina, vino Franz Kafka a amonestarme: «No consigue usted querer a su madre». Yo lo miro, apenado y cohibido: «No consigo quererla de manera que le sirva de algo». «El problema no es cómo quererla -me responde Franz Kafka-. El problema no es ni siquiera quererla o no quererla. El problema es que no puede usted perdonarla.» «Sí, supongo que tienes razón. Pero es que cuando amenazaba con suicidarse yo sólo tenía cinco o seis años y...» «y mientras no la perdone -interrumpe-, tampoco habrá perdón para usted. Lo sabe, ¿verdad?» «Sí. Franz, lo sé. ¿y qué?» «Pues que toda vida humana añora lo sagrado, y sólo es sagrado el perdón. Y, en consecuencia, sin perdonar no se puede vivir». Me siento incómodo, juzgado, vengativo: «¿y entonces por qué no le hiciste llegar tu famosa carta a tu padre? Sabías que tu madre no iba a entregársela. Por complicidad con él, por cobardía, por lo que fuese, tu madre no le iba a dar tu carta a su marido. De modo que ¿por qué no le entregaste tú mismo aquella carta a Hermann Kafka?». «Porque no lo había perdonado. Nada más acabar de escribirle esas páginas supe que no eran verdaderas. El perdón no había madurado en mí. Ni siquiera tuve que acabar esa carta para darme cuenta: mientras la escribía ya sabía que estaba redactando una estafa y que yo continuaba siendo un estafador. No puede usted ni imaginar el esfuerzo que me costaba cada línea, aunque es cierto que las palabras brotaban a una velocidad aterrada, como la de los forajidos.» «¿y por qué no abandonaste aquella carta a la mitad de un párrafo? Dejaste inacabadas tantas obras...
¿Por qué no aquella carta?» «Ni siquiera debí empezarla. Una carta de perdón en donde no hay perdón es una monstruosidad.» Pretendo suavizar la intensidad obsesiva de mi visitante: «Bueno, Franz, no te culpes más; ya sufriste bastante...». «Nunca se ha sufrido todo. Siempre estamos en deuda con el dolor, y usted lo sabe. No se mienta a sí mismo, por lo menos a sabiendas. Y si se miente a sí mismo sabiendo que se miente, escóndase en el lugar más oscuro que consiga encontrar, porque nadie tiene derecho a mostrarle su propia farsa a los demás: podrían caer dentro de ella, y entonces la farsa crecería con una voracidad cancerosa, y ya no quedaría ni una sola palabra verdadera que poder pronunciar; excepto, naturalmente, la palabra perdón.» Kafka reflexionó un instante, y luego prosiguió: «Pero la palabra perdón está en lo alto de una montaña absolutamente imposible de escalar. Si camina usted por la ladera de esa montaña hasta extenuarse comprenderá el vigor que necesitaría para llegar hasta la cima, pero sólo en el tránsito por la ladera ya sentiría usted que se le revientan los pulmones. Y, sin embargo, no es posible ignorar que la palabra perdón está aguardando allí, en la inexpugnable cima. No puede usted escapar y ni siquiera soñar con escapar a su deber de subir en busca del perdón que merece su madre y que tal vez merezca usted. Y mientras continúe extenuándose en la ladera, y únicamente en la ladera y sin poder ascender más allá de la ladera, allí donde continuar la ascensión requiere un esfuerzo inimaginable... su madre continuará envejeciendo. Sí, su tarea es infinita y, no obstante, apenas si le queda tiempo, porque su madre morirá pronto... Y por lo demás, ¿por qué me tutea? ¿Se ha preguntado por qué me tutea?» «No lo sé. Por solidaridad, supongo.» «O tal vez para encubrir su repulsión. Pero si fuese por solidaridad, sería más grave aún, pues ello significaría que desea parecerse a mí; lo cual, por una parte, sería lesivo para su salud mental, e incluso, y en consecuencia, para su salud orgánica; por otra parte, sería una huida de sí mismo que lo inundaría de vergüenza; y por otra, sería un espejismo, ya que sólo nos es dado tratar de parecemos a nosotros mismos, en el supuesto de que sepamos hacia dónde queda lo que llamamos nuestra identidad, en qué dirección hay que empezar a caminar, y a correr. Ya lo sabe: bastante angustia va a costarle alcanzar a parecerse a sí mismo, y ello no es ni remotamente probable que lo consiga, y menos aún si ha de comenzar a caminar atravesando esa puerta tan pequeña, una de cuyas dos mitades es la culpa y otra la angustia... Por cierto: ¿ésa es la única puerta que usted ha conseguido imaginar?» «Sí, a menudo ésa es la única puerta.» Kafka me mira fijamente, con una mezcla de piedad y de reconvención: «No tiene usted derecho a imaginar espacios con una sola puerta. Sólo le justificaría el hecho de que haya puertas que usted desconoce, pero desea presentir. Posiblemente haya infmitas puertas. Pero si no es así, está usted perdido. Cosa de lo que, por lo demás, no debe sentirse orgulloso, ya que no debe usted perder el tiempo con autocomplacencias mientras su madre envejece vertiginosamente aguardando a que usted consiga perdonarla y perdonarse... Ya lo ve: todo esto no es fácil. Pero sólo puede suceder lo que sucede». Alarga su mano y estrecha con fuerza la mía: «Espero volver a verle. Buenas noches». Cuando cierro tras él la puerta de la antigua casa del pueblo donde mi madre aterraba con sus amenazas de suicidio a un niño de seis años que misteriosamente tiene llena de canas la cabeza, despierto de este sueño, o de esta pesadilla. Tengo sed. Bebo agua de una botella, de manera desconcertada y taciturna. Mi madre murió hace dos meses. Tenía casi noventa años. ¿y qué puedo decirle, y cómo? Oigo, muy lejos, el sonido del ascensor, en el que baja Franz Kafka hacia la calle, no sé qué calle: es un ruido lleno de silencio, indescriptible, alucinado. «¿Di, mamá?»