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Jesús García Calderón
CRUEL CIGALPA

"Javier Metopa pensó que aquella carta sólo podía trazarla un espíritu certero, un alma sencilla que supiera permanecer erguida sin sucumbir a las asperezas del trabajo editorial."

   Sí, los penosos incendios seguían acosando la maltrecha ciudad y aquel olor dulzón se propagaba por las frágiles calles de Cigalpa como una llamada ordinaria a la desesperación. Desde hacía varios días apenas se podía respirar, los ojos se enrojecían de una manera feroz y una firme sequedad crecía y crecía sin remedio en la garganta pero nadie o casi nadie, salvo la licenciada Erika y algún otro aplicado funcionario de la Corte, parecían haberse dado cuenta de aquella evidente dificultad. Cuando llegó a la oficina, fue en la primera mañana de angustia, pidió ayuda para superar el problema y lo derivaron a un extraño lugar que se llamaba Comercial Praga. La licenciada Erika, vestida con un vaporoso traje azul turquesa, tuvo la gentileza de acompañarlo en la vieja Toyota de la Oficina de Cooperación Española y allí, en un almacén que cumplía funciones de farmacia y estaba custodiado por tres hombres con armas automáticas y chalecos antibalas, una amable mujer le aconsejó unos comprimidos mejicanos y un colirio por el que le cobró más de veinte dólares. Al margen del precio, quizá incluía la consulta, la atención resultó excelente porque ya en el coche -tanta era su impaciencia- inició el tratamiento y lo cierto es que de vuelta en la Corte, unos treinta minutos más tarde, casi le habían desaparecido los síntomas. Desde entonces, cada mañana miraba desde el pequeño balcón de la habitación de su hotel el borroso cielo de la ciudad y comprobaba si ese humo denso y blancuzco se había marchado para siempre pero allí seguía, inundando el aire y dificultando la respiración, apretándole el fuelle de su entereza. Repetía cada mañana el rito de los comprimidos y el colirio y empezaba su andadura diaria tachando amorosamente la fecha del calendario que había confeccionado en su ordenado cuaderno para animarse un poco, comprendiendo las pocas semanas que aún le faltaban para volver a casa.
   Pero lo peor era escuchar en el noticiero de las seis que el aeropuerto seguía cerrado al contar con una nula visibilidad. Alguien le había comentado que sólo se abriría con una lluvia abundante, cuando se fueran apagando los numerosos fuegos provocados por los traficantes de madera. Sí, los pacientes incendios seguían cercando la ciudad y él, siempre tan previsor, había vuelto hasta Comercial Praga para abastecerse de comprimidos mejicanos y colirio. Y como cada mañana, escuchó los terribles sucesos de Radio Tremendísima, desayunó en su cuarto, pidió la exigua prensa local, ordenó las firmes preocupaciones que habían crecido con la noche y se encaminó al trabajo procurando olvidar el humo y su impaciencia.
   Aquella mañana la licenciada Erika estaba un poco más arreglada. Uevaba un traje camisero en tonos verdes compuesto por varias piezas complementarias que, al margen de cubrir su pudor, presentaban una dudosa utilidad. Le sorprendió verla tan temprano sentada en el asiento trasero de la Toyota y esperándole a la puerta misma del hotel pero enseguida le explicó, con su calmoso acento, que tenía el encargo de decirle que lo esperaban a las diez y treinta en la Embajada. Un compromiso imprevisto obligaba el adelanto de la hora y había que preparar urgentemente los últimos flecos de la presentación. Le sorprendió que el humo blancuzco que lo seguía inundando todo pareciera querer envolverla como una tinta decorativa que pretendiera ocultarla bajo la realidad.
   Javier Metopa se había olvidado por completo de aquel compromiso y aquello le molestó. De haberlo recordado a tiempo hubiera extendido sus lentas ocupaciones sobre la soledad de su alcoba para la preparación del evento, hubiera dormido mejor pensando que tenía algo que hacer distinto al trabajo en la Corte y que podría, de algún modo, dejar de contar las horas, aligerar su tensa espera hasta la vuelta y también podría haber elegido un traje más elegante, otra corbata menos audaz, haber acudido tras la comida a los betuneros de altos sillones de madera del mall Multiplaza, el único lugar verdaderamente seguro de la ciudad, para lustrarse los zapatos mirando las noticias de La Tribuna. Cuando circulaban con la Toyota por las calles deslavazadas, decidió hacerlo y le pidió al conductor que lo acercara hasta el mall: Sólo tendrían que recogerlo un par de horas más tarde y cuando menos acudiría a la cita con unos zapatos bien limpios.
   El sol parecía esforzarse para socavar el aire espeso de la mañana. Los anchos pasillos del centro comercial parecían desnudos y todo tenía un regusto de tienda recién fregada y abierta. Deambulaba en silencio, mascando su soledad, casi entretenido al fin por el hecho de acudir a la recepción y así tachar más hábilmente la cifra del calendario personal de su estancia. Acudió al único betunero que ya trabajaba y aceptó el periódico que le ofrecía como un rito silencioso y antiguo. Fue entonces cuando se dio cuenta que había traído su cartera y la colocó muy despacio junto al enorme sillón de plástico rojo y madera que se alzaba sobre un cajón en el que se guardaban los cepillos, los cordones, las cajas de betún, los trapos, la gamuza suave para abrillantar, los tintes y otros artilugios casi inútiles que habían sido acumulados igual que una inoportuna riqueza. Ahora, toda la mañana parecía iniciarse con un enorme bostezo.
   Miraba las manos que cepillaban y cepillaban en silencio y miraba el caudal de sus arrugas, su piel color café con leche y aquel aire tibio y sufrido que las envolvía. Se incorporó un poco y abrió su cartera, sin saber muy bien por qué lo hacía, con un gesto algo esforzado. Recordó que había traído algunas cosas pendientes, algunos documentos, cartas, recordatorios y oficios y de cidió echarles un ligero vistazo.
   Un halo Último y ordinario le llegó hasta los ojos cuando encontró la carta del editor. La había leído al salir pero muy apresuradamente y ahora, algunas semanas más tarde, volvía a leerla más despacio, atisbando toda su pulcritud, sintiendo el peso de su equilibrada paciencia. Fernando contestaba a sus elevadas quejas por la crítica excesiva de algún anónimo asesor de la Editora Regional que había tenido la gentileza de enviarle para así limar con más facilidad sus relatos. Javier le había respondido con enfado porque creía tener parte de razón ya que se había limitado a enviar un borrador y los párrafos más gruesos del asesor rebosaban prepotencia y esa mezquindad de quienes, siendo en algo mediocres, consiguen un cierto reconocimiento artístico por caminos tan abruptos como la intriga o la tozudez. En defini
tiva, le dijo en su día a Fernando, todo aquello apuntaba a la triste necesidad de abandonar el proyecto para buscar alguna otra alternativa. Todo estaba perdido y comenzó a indagar otras posibilidades pero entonces llegó la nueva contestación de Fernando que, con cuatro cinco párrafos sencillos, había terminado por desarmarlo. Javier Metopa pensó que aquella carta sólo podía trazarla un espíritu certero, un alma sencilla que supiera permanecer erguida sin sucumbir a las asperezas del trabajo editorial. Era evidente que aquella carta había salvado su libro porque se había apuntalado una meditada disculpa, reconvenido los errores observados, propuesto la solución con tanta eficacia que no tenía siquiera que contestarla y arriesgarse a que tuviera lugar algún nuevo e incómodo malentendido. Aquella carta de Fernando era justamente la decisión que permitía que el libro estuviera naciendo y todo el orgullo quedara engullido por una adecuada satisfacción.
   Las mesas azules del Café del Caribe se habían poblado de hombres desocupados que charlaban con indolencia. Javier pagó al betunero, todavía con la carta en la mano y, mientras bajaba del sillón, pudo ver al muchacho que aprovechaba un descuido y arrebataba una bolsa de cuero de una de las mesas de la terraza. Sería un chico de trece o catorce años que corría con una forma de inevitable alegría tendida en el rostro. Los gritos alertaron al hombre, un moreno grande y sexagenario, que se alzó despacio llevando su mano a la cadera con mucha confianza. Sacó un 38 y pavonado y lo blandió con calma apretando las manos sobre una culata gastada, luego disparó dos veces con un sonido hueco y grave como un resorte de tristeza.
   Estaba, quizá, más cerca de lo que pensaba, y el chico, alcanzado de lleno en el muslo, volteó como un monigote y en el breve escorzo que hizo en el aire aún pudo verle el gesto alegre que se mudaba en asombro mientras caía con la sangre brotando. Javier Metopa quedó un instante sin fuerza, caminó hacia el chico y olvidó la carta, que cayó suavemente. La carta sobre el mármol limpio del centro comercial estaba cerca de la sangre. La carta de su amigo, el libro que saldría y esa sabia entereza desde el suelo mirándolo y mirándolo.