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Javier
Rodríguez Marcos
CRUDO
Esperando, con toda la tristeza,
que le hubiera gustado a Fernando Pérez
«¿Qué quieres ser, espía?» Venían
del aeropuerto. Recordó la pregunta que le había hecho
a su hijo cuando le dijo que quería estudiar ruso. Había
ido a recogerlo al avión. Se saludaron con un beso frío,
con la incomodidad de dos hombres mayores. Desde el coche, la carretera
era una recta monótona rodeada de maizales. Hacía
un calor de trópico. Le dolía la pierna. Por la humedad
o por el viaje. «¿Te han tratado bien?» «De
miedo. No hay como ser paralítico para que te traten bien.
Eso si no te conviertes en un cascarrabias.» «Tú
no eres paralítico.» «Es cierto: discapacitado.
Suena peor que cojo.» Anochecía cuando llegaron. La
ciudad era plana y rectilínea como un circuito eléctrico.
Recordó los miles de circuitos que habían pasado por
sus manos. Nunca pensó en ellos como en una ciudad. «¿Vives
cerca?» «En la Quinta Avenida.» «Como en
las películas.» «Como en las películas.»
La Quinta Avenida era una calle sólo un poco más ancha
que las otras, con una oficina de correos, un supermercado, una
biblioteca y tres iglesias de madera de colores distintos. Un automóvil
esperaba en la puerta. «¿Tienes visita?» «No,
¿por qué?» «Entonces tienes dos coches.»
«Éste me lo han dejado para que fuera a buscarte. El
mío es ése. Está averiado.» «Le
echaré un vistazo.» «Déjalo.» «Si
tienes herramientas te lo dejo nuevo.» «No hace falta.
Vendrán a llevárselo.» Cenaron. Era la tercera
vez que cenaba. Por el cambio de horario. El hijo había comprado
comida preparada y él dijo que sí, que tenía
hambre. «Mañana cocinaré yo.» «¿No
te gusta la comida?» «No es eso. Es para que no te olvides
del gazpacho.» «No me gusta el gazpacho. Parece sopa
fría. Y además no hace falta. Comeremos en la facultad.
Pasaré a buscarte con el coche a las doce.» Horario
de hospital, pensó. «¿Está lejos?»
«A dos calles.» «Iré caminando si me dices
cómo llegar.» «Vendré yo. Aquí
nadie repara en nada que no tenga cuatro ruedas. O cuatro patas.»
«Yo tengo tres. ¿Te gusta el bastón? Es de marqués.
Me lo regalaron los compañeros.» Se durmió enseguida.
Y se despertó enseguida. Miraba el reloj, nervioso. Encendió
un cigarrillo. Otro. Se metió en la cama. El reloj de nuevo.
Fue a la cocina. Encendió el televisor. Anuncios de tractores
en medio de maizales como los que había visto desde la carretera.
Un hombre con corbata sonriendo encima de uno de esos tractores.
Muchachas sudando en un gimnasio con parches y cables en el estómago.
Se quedó dormido delante de la tele. Cuando despertó,
una luz cansina entraba por la ventana. Volvió a la cama.
Lo despertaron los pasos del hijo. «¿Te vas a trabajar?»
«Vengo por ti. Había mos quedado a las doce.»
El campus estaba a cien metros. Duró menos el trayecto que
la ceremonia de subir al coche, acomodar las piernas y el bastón,
ponerse el cinturón, quitárselo y bajar. El comedor
era a esa hora una pecera repleta de estudiantes. No pudo evitar
la sensación de ridículo al verse esperando su turno
en el autoservicio, rodeado de muchachos vestidos como cantantes.
Aceptó resignado la comida que su hijo le puso en la bandeja.
Todo sabía a mantequilla. Incluida la cerveza sin alcohol.
«Está prohibido el alcohol en la universidad. Y el
tabaco.» Había estado manoseando el paquete de tabaco
y el mechero dentro del bolsillo del pantalón. Al final de
la comida rebuscó un rato más y sacó un caramelo.
«¿Sigues fumando?» «Voy a dejarlo.»
«Esta mañana olía a tabaco toda la cocina.»
«No podía dormir.» «El olor no me importa.»
«Voy a dejarlo.» «Ya.» «También
voy a dejar la refinería.» «Me parece bien que
te jubiles.» «Nadie se jubila con cincuenta años.»
«Tú no tienes cincuenta años.» «Cincuenta
y ocho.» «Cincuenta y ocho no son cincuenta. Y además,
estás.. .» «¿Discapacitado? Lo que sea.
No me jubilo.» «¿y qué vas a hacer?»
«Yo, nada. Ellos. Me ponen en la calle. A mí y a otros
veinte.» Lo dijo sin dejar de mirar por la ventana el paso
de los estudiantes. Una mujer se acercó al hijo. Cogió
las llaves que tema sobre la mesa. Le dio la mano. Una mano más
vieja que la cara. Intercambiaron una sonrisa insulsa. Volvió
a irse. «¿Tienes muchos alumnos?» «Bastantes
como para que no me cierren el departamento. El ruso está
de moda.» «Serán comunistas. O querrán
ser espías.» «Se puede estudiar ruso y no ser
espía. Y ya no quedan comunistas.» «A lo mejor
es que también para ellos Rusia es lo que queda más
lejos su casa.» El hijo no escuchaba. Seguía con la
mirada a la mujer, que atravesaba el exterior de la pecera. Cuando
se perdió de vista volvió a la conversación.
«¿Por qué te echan?» «No me echan.
Me invitan a que me vaya.
O me prejubilo o al turno de noche. Ya sabes: que todos tenemos
que hacer un esfuerzo; o esto o cerramos para siempre y todos perdemos;
que la demanda ha bajado; que salimos muy caros; que los chinos
producen más barato; que los viejos no se han reciclado.
De los cojos ni hablan. Ya no compensa la caridad que hace conmigo
la seguridad social. Ésa es la invitación formal.»
«¿y qué vas a hacer?» «Chapuzas
de electricista. Lo mío.» «¿Eso es lo
tuyo?» «Es lo que hay.» «Haz lo que quieras.»
«No he venido hasta aquí para que me digas que haga
lo que quiera.» «Pensé que habías venido
a verme.» «También, claro.» «También.»
La mujer se había perdido ya de vista. «¿No
me dices que me lo merezco?» «Nunca diría que
te lo mereces.» «Tú nunca dices nada. Tampoco
escuchas.» «Te escucho.» «Ya veo.»
«Fuiste tú el que confió en los de la refinería.»
«O sea, que me lo merezco.» «Yo no he dicho eso.»
«No, traduzco yo. Era yo el que tendría que haber estudiado
ruso. Igual así habríamos hablado un idioma común.
O el que tendría que haber estudiado, a secas. Pero con veinte
años y un crío de dos es difícil concentrarse.
Para eso hay que tener unos padres que trabajen, aunque sea en una
refinería.» «Ya salió. Yo no pedí
nacer». «Ni yo que nacieras.» Un golpe bajo. Demasiado
tarde para devolver las palabras al estómago. La mala leche
de los cojos, pensó. «No hace falta que grites.»
La mesa se había quedado en silencio. Los estudiantes que
la compartían con ellos fueron marchándose discretamente.
«Perdona. Lo que te faltaba. Medio ruso y con un padre al
que no se puede sacar de su casa.» «Aquí nadie
se mete en la vida de nadie.» «No como en el pueblo,
¿no? No sé qué te han hecho.» «Nada.
Como a ti.» «Yo soy de allí.» «Entiendo
que apoyaras lo de la refinería. Lo peor es que te pareciera
justo.» «No sé quién te llenó la
cabeza de pájaros. Eras un mocoso. Tú tampoco hubieras
querido trabajar ya en el campo. No sé si fue justo, pero
la gente cobró las indemnizaciones.» «Pues todos
contentos. Ahora tú también vas a cobrar la tuya,
¿no?» Se la acababa de devolver, pensó. La mala
hostia de los autistas. Los camareros habían empezado a barrer
el comedor. Dejaron la bandeja en un carro. Salieron. La humedad
seguía siendo insoportable.
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