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Alonso Guerrero
CONSECUENCIAS


Para Fernando Pérez,
alma siempre absorta en lo que hizo posible.
In memoriam

   Durante una breve ,temporada, a comienzos del verano pasado, Diógenes Alvarez, alias Lord Dunsany, tuvo problemas con sus sueños. Había sido impresor, pero un despido improcedente, a los cincuenta años, y la ausencia de nexos familiares, dieron con él en los subterráneos del Madrid de los Austrias. Vivía indigente y dormía tres metros por encima de la momia de Velázquez, en las profundidades de metro Ópera. Los guardias jurados le conocían y cerraban los accesos sabiendo que se quedaba dentro por propia voluntad, al abrigo de la vigilia depravada del resto de los hombres. Nunca había tenido problemas para dormir, por la costumbre de vagar entre los tilos de las casas de salud. Con cierta frecuencia, tomaba el metro y cruzaba andando el Retiro, rumbo a la librería de viejo de su amigo Méndez, en la calle Juan de Urbieta. Fue este amigo, el único de mejores épocas que no le había abandonado, quien le endilgó el apodo de Lord Dunsany. Diógenes gastaba más tiempo en soñar que en hablar con sus contemporáneos, de modo que los sueños fueron devorando, sin contemplaciones, su autobiografía, algo disconforme con el deseo que siempre había tenido, si no de escribirla, al menos de verla convertida en libro.
   Méndez estaba al tanto de sus revesinos de impresor, así que cuando adquirió, a principios del verano, una biblioteca bastante selecta, fue a despertarlo al podio del mercado de San Miguel donde yacía, y lo invitó a verla. Se la había comprado, bastante barata, a un vasco muy culto que se deshizo de ella porque no soportaba la casa llena de voces. El encuentro con esa biblioteca marcó, para Diógenes ÁIvarez, el comienzo de la desgracia. Contenía una edición del Ocaso, de Horkheimer, tan vieja que parecía impresa con los plomos de Gutenberg. Era un volumen encuadernado a la americana, algo impro pio para un libro con tan pocas páginas. Diógenes, simplemente, se dejó llevar: lo abrió por la página 49 -un ademán mecánico, casi un aspaviento- y leyó aquella frase: Esta sociedad, si uno no posee dinero, se convierte pronto en el infierno. La frase se le adujó en la cabeza y, a partir de ese momento, empezó a soñar cosas, cuando menos, irreconocibles. Declaró a sus cinco sentidos una de esas guerras que sólo se ganan cuando no se entablan y, ya sin mesura, empezó a gastar en somníferos todo lo que recaudaba. Pareció que los transeúntes comprendían esa postura, porque en cuanto dejaba la gorra jun
to al rostro se la llenaban sin rechistar, como cómplices o subalternos en la construcción de aquella hipérbole. A veces despertaba en el camino de la farmacia, aunque ignorando si iba o venía. Esa movilidad podía permitir se:la, ésa y otra más: el paseo entre el sueño que desca bezaba en el Campo del Moro, junto al Palacio Real, y el que le esperaba en la garita de fanega y media que compartia, en los fosos del metro, con el gentío.
En uno de los escasos momentos que Méndez le encontró despierto, camino de la botica, Diógenes Álvarez le explicó que, aunque donnía como un bendito, tomaba las pastillas por coherencia. No soportaba dormir, por propia iniciativa, en un mundo donde nadie se compromete a sacar a los pobres de la miseria. O del infierno -dijo, sin que Méndez supiera que citaba a Horkheimer. Antes había vivido una vida acomodada, pero desprovista de misericordia, de ojos con que esclarecer el mundo y brazos con que sacudirlo. El bienestar es una carencia -le dijo a Méndez-. Y es ahora, reclamando la conciencia de los demás, cuando he descubierto la mía... Todo por culpa de la jodida remesa de libros que has desembalado y expuesto en la calle, en esos tenderetes inclinados como potros de tormento. . .
   Méndez era un lector infatigable, pero comprendió que el exceso de cultura es más liviano que el exceso de clarividencia. Tomó a su amigo Diógenes y le propuso que fuera a pasar unos días a su casa, algo que el otro siempre había declinado. Pero así es el conocimiento de los vados ocultos: esta vez aceptó y, a las cinco de la mañana, cami
no del retrete -cubierta buena parte del camino de su vida, padecía cierta incontinencia-, Méndez encontró a su huésped en la cocina, delante de un troLo de tarta que había sacado del frigorifico y al que, sin embargo, no se atrevía a hincar el diente. No lo mires tanto -le animó. Entonces el otro dijo, con la cara demudada, que acababa de descubrir algo tenible: soñar comprometía tanto como estar despierto. Desolador, pero incontestable. Estando en la cama, quizá por el exceso de comodidad, pues no dormía en un colchón desde hacía dos inviernos, había soñado que era rico y poderoso. Las mujeres le amaban, los bancos le ofrecían el mapa de la avaricia y la política lo llamaba con sus espejismos. Nunca lo hubiera esperado, pero su ánimo flaqueó. Ha sido un sueño atroz -dijo. Es lo malo de soñar: que nos permite traicionar las ideas que hemos de defender cuando despertemos. ¿Pero qué ha ocurrido en el sueño? -le preguntó Méndez. ¿Que qué ha ocurrido? -declaró Diógenes Álvarez-. He tenido que negarme, también por consecuencia, a dar un solo céntimo a los indigentes que me han salido al paso. A ver si así trabajan esos cabrones... ¿O es que creen que las pastillas las dan de balde?