| |
|
NOTAS
SOBRE UNA EXPOSICIÓN
Álvaro Valverde
(Diario HOY, 17 de Septiembre de 2005)
Por
justo y pertinente que me parezca, volver a evocar la figura de
Fernando Pérez resulta doloroso. La herida sigue abierta.
Por otro lado, esto significa que la muerte no ha podido arrebatárnoslo
del todo. Va a costarle.
Hasta sus últimos días -y no hablo metafóricamente-,
con la enfermedad pisándole los talones, Fernando trabajó
en la exposición Extremadura en sus páginas. Del papel
a la web, en concreto, en su catálogo, un imprescindible
volumen doble en el que permanecerá impreso, como conviene
al caso, lo sustancial de la historia de los libros y la lectura
en Extremadura. En ese trabajo, además de con la sabia contribución
del otro comisario, Juan Gil Fernández, catedrático
de Filología Clásica de la Universidad de Sevilla,
Fernando contó con la ayuda de Ana Jiménez del Moral,
una eficiente especialista que ha coordinado la muestra, y, cómo
no, con la fiel complicidad del escritor y tipógrafo Julián
Rodríguez -uno de sus mejores amigos-, que es quien se ha
ocupado de la edición del citado repertorio.
No me voy a referir a la exposición en sí, que sólo
puede explicarse con una visita, sino a una parte de su trastienda
que tal vez convenga conocer. Fui testigo de cómo se gestó
y cómo, desde el primer momento, Fernando fue una de las
personas designadas para llevarla a efecto. Con la misma naturalidad
con la que se había contado con él para tantas otras
cosas ideadas en la Consejería de Cultura a lo largo de estos
años. Él, algo comprensible, se resistió un
poco en el primer momento. La enfermedad, decía, era su primera
batalla y sabía que ésta iba a ser otra escaramuza
complicada. Entonces recordaba otra exposición que también
organizó, Los orígenes de la Enseñanza Media.
Badajoz, siglo XIX, y la propuesta se le hacía más
tentadora. Lo hablamos de vuelta a casa desde Mérida, que
es donde se suelen urdir estos proyectos.
Su implicación se fundaba, entre otras razones, en la necesidad
de demostrar una falsedad (ah, los tópicos). La de que los
extremeños han sido ajenos a la forma de expresión
por excelencia de nuestra cultura: los libros. «Una región
de bibliófilos, de hombres que se jugaron la vida por sus
libros (desde el propietario de la Biblioteca de Barcarrota, hasta
el inefable Bartolomé J. Gallardo, intentando en vano sustraerlos
a la furia absolutista en los muelles de Triana en la infausta jornada
de San Antonio de 1823) ha de ser por fuerza una región con
memoria», dejó escrito. Ahí está, acaso,
el meollo de la cuestión y un liberal ilustrado como Fernando
creía en esa capacidad de salvación (terrena) que
los libros tienen. Tal vez por eso aceptó el reto. Porque
era preciso explicar a los extremeños, aleccionados en lo
contrario, que no siempre hemos vivido en medio de un erial de analfabetismo
e ignorancia.
Eso sí, que sea necesario saber cómo fueron las cosas
no es excusa para olvidar nuestro alentador presente (que sólo
discuten los cínicos) y nuestro esperanzador futuro (a pesar
de los voceros de la negatividad). Era lógico que la exposición
planeara sobre esos tres tiempos, pues los tres nos definen y entre
los tres nuestra imagen se completa.
Lo primero que hizo Fernando, con el proyecto ya en firme sobre
la mesa, fue redactar un folio (del que he tomado el entrecomillado
anterior) donde dejó fijada, con la lucidez que le caracterizaba,
la virtualidad de la idea. Era posible. Él y su amigo Paco
Muñoz ya la habían visto. Sería el eje del
Año de Libro.
Apenas dio por concluido su trabajo con Julián en el catálogo,
el de coordinación con Juan Gil y Ana Jiménez en lo
referente a los últimos flecos de la muestra y, en fin, el
que concernía a sus propias aportaciones, Fernando entró
en la fase final de su vida. Apenas duró unos pocos días.
Porque le conocimos, sabemos que, a pesar de los pesares, nunca
cejó en su lucha por la defensa de lo que creía mejor
para conseguir los objetivos marcados y que de esa exigencia, con
su punto de terquedad, se ha beneficiado, a la postre, esa ambiciosa
empresa. Genio y figura.
El jueves le echamos de menos. En las salas del MEIAC (que dirige,
por cierto, otro de sus grandes amigos, Antonio Franco) su hueco
era palpable. No dudo, pese a todo, que en su cabeza llegó
a estar la exposición.
Muy cerca de la realidad. A un paso del ideal que concibió
en aquel folio que empezaba: «Extremadura, territorio de fronteras,
ha sido durante largos periodos de su historia, tierra asolada por
las guerras», y que terminaba: «Porque amar los viejos
libros, conocer la historia de su arte y empeño, es la mejor
escuela para aquellos que desde Extremadura se afanan por diseñar
el scriptorium digital del futuro».
******prensa.
|