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DARWIN Y EXTREMADURA
José
María Corrales
el PERIÓDICO EXTREMADURA, 22 de diciembre de 2009
"Cuando
en el mundo aparece un verdadero genio,/ puede reconocérsele por
este signo:/ todos los necios se conjuran contra él".
He recordado esta frase de Jonathan Swift porque el 2009 ha sido el año
en el que se ha celebrado en todo el mundo el segundo centenario del nacimiento
de Charles Robert Darwin y el 150 aniversario de la publicación
de su obra El origen de las especies . Ha sido un año de celebraciones,
con numerosas publicaciones e importantes exposiciones en todo el mundo
y, aunque en España ha tenido una repercusión menor, también
ha estado presente. Incluso en Extremadura se han programado actividades,
generalmente conferencias, algunas web temáticas y, en algunos
institutos, en la Universidad, en Ateneos y otras instituciones, se ha
hecho un esfuerzo por acercar a la ciudadanía a Darwin y su obra.
Seguramente el título de esta tribuna haya hecho pensar a alguien
que el sabio inglés pasó por Extremadura; pues no, Darwin
no pisó nunca estas tierras; ni siquiera en su viaje a bordo del
Beagle, (diciembre 1831-octubre 1836), que a la larga daría origen
a sus teorías, pasó por España; estaba previsto que
recalara en las Islas Canarias, concretamente en Tenerife, pero una cuarentena
de cólera, según dejó anotado en su primer cuaderno
de notas, impidió la parada del barco en enero de 1832.
Pero el título no es caprichoso, Darwin vino a Extremadura de la
mano del investigador extremeño Fernando Tomás Pérez
González , quien, aunque más conocido por su labor como
editor, realizó una profunda investigación sobre la repercusión
de las teorías darwinistas en la Extremadura decimonónica,
adelantándose más de dos décadas a la celebración
que este año, que ahora termina, hemos llevado a cabo; algo que
no debe extrañar pues Fernando fue un adelantado a su época
y un brillante investigador. Si el destino, tantas veces injusto, no nos
lo hubiera arrebatado tan pronto, durante este año hubiera sido
la persona adecuada para acercarnos a conocer la intensa conmoción
que tuvieron las doctrinas de Darwin en las clases ilustradas extremeñas,
desde Plasencia a Llerena, desde Cáceres a Badajoz, no habría
en palabras suyas "claustro de profesores o redacción de periódicos,
tertulia de rebotica o corrillo de sacristía, en el que no vibrase
el encendido eco de la polémica".
Una verdadera aportación a la historia social de la ciencia y un
reflejo de la sociedad de la época, fue lo que Fernando recogió
de forma ejemplar en su libro Introducción del Darwinismo en la
Extremadura decimonónica (Publicación de la Institución
Cultural El Broncense , 1887). En Extremadura el tema que se discutía
no era sólo una cuestión científica, sino una cuestión
de influencia o autoridad, desde el estamento eclesiástico, con
algunos medios como el Avisador de Badajoz, los centros docentes católicos,
imprentas, librerías, y de otro lado con la burguesía liberal
y su fundaciones: el Ateneo, El diario de Badajoz, La crónica o
los Institutos de Segunda Enseñanza.
He querido unir a Darwin con Extremadura o, lo que es lo mismo, a Darwin
y Pérez González para rendir merecido homenaje a ambos,
no vaya a ser que nos pase como a la iglesia más retrógrada,
que ha tardado más de doscientos años en pedir perdón,
a pesar de que incluso dentro de ella había un sector, menos amplio
pero intelectualmente mejor cualificado, que se abría con inteligente
prudencia hacia las novedades científicas, incluso a un evolucionismo
teológico; lástima que algunas mentes preclaras como la
de Fuertes de Acevedo sufrieran una inmerecida persecución en su
época, por ser en sus propias palabras "simple expositor de
la ciencia moderna, apóstol y divulgador de la misma".
La situación de la ciencia en España era en el siglo pasado
la que era, y motivó la desgraciada sentencia unamuniana de ..."!que
investiguen ellos!", que espetó cuando le preguntaron sobre
cómo potenciar la investigación científica en España.
Así ha sido y así nos ha ido. La situación de Extremadura
no fue más halagüeña que la del resto del país,
aun cuando esta tierra aportó a las ciencias importantes cabezas
que evidentemente hubieron de salir de ella, como Eduardo y Francisco
Hernández Pacheco, Rivas Mateos, Rivas Goday, Rivas Martínez,
Vicente Sos Baynat , por citar tan solo algunos de los que despuntaron
en el campo de las ciencias naturales. Cuánto hubiera cambiado
la situación en esta tierra si el germen de universidad que se
desarrolló en Guadalupe con sus escuelas de medicina y de farmacia
hubiera fructificado y hubiéramos tenido una universidad tan antigua
como la de Salamanca o Alcalá, en lugar de esperar cinco siglos
hasta la creación de la Universidad de Extremadura.
Es bueno conocer la historia si no se quiere cometer el error de tropezar
dos veces con la misma piedra. La historia de la ciencia en Extremadura
puede servirnos para aumentar la autoestima en esta tierra, en la que
a menudo lo que nos falta es confianza en nosotros mismos. Si recordar
y homenajear a quienes fueron pioneros sirve al menos de reflexión,
podemos darnos por satisfechos.
*Profesor de la Facultad de Formación del
Profesorado de la UEX
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