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LA
INSTITUCIÓN LIBRE DE ENSEÑANZA Y
SU VIGENCIA EN LA ACTUALIDAD
Antonio Morales Moya
I
Conmemorar,
si se quiere ir más allá de la nostalgia, es recordar
algo -acontecimientos, personas, instituciones,…- traerlo
al presente y comprobar su vigencia. No nos basta, pues, rememorar
lo que la Institución Libre de Enseñanza fue. Nos
importa, sobre todo, recoger su mensaje vivo, oír la voz
de sus hombres, verificar el sentido que sus enseñanzas tienen
para quienes viven hoy en España "los males de la Patria".
Los
males del presente. La corrupción, en primer término.
Una corrupción cuyo rasgo más singular, para el economista
Alcaide Inchausti, es su generalización: "El nivel de
corrupción se ha extendido. La gente se ha querido enriquecer
de una manera mucho más rápida. Y hay mucha gente
implicada en esa estrategia. La corrupción desmoraliza, pervierte
la estructura productiva. La gente siempre ha tenido la oportunidad
de corromperse. Sin embargo, ante esa oportunidad había quien
la rehuía por convicciones religiosas o por sentido del honor
(...) se ha perdido muchísimo y fue un sentimiento muy español
(...). El honor se ha perdido en España. Para sustituirlo
tenemos otra cultura: la de que el tío más admirable
es el tío más vivo" (1).
La inconsecuencia ética y política, después.
El novelista Antonio Muñoz Molina nos lo cuenta así
"(...) abro el periódico por la primera página
de su edición andaluza y veo la foto de dos socialistas que
ondean con cara de felicidad una bandera: uno de ellos es Pedro
Aparicio, el alcalde de Málaga, y el otro el recién
nombrado consejero de Cultura del Gobierno andaluz. El consejero,
tal vez ávido de ponerse al trabajo, inaugura con el alcalde
la feria de Málaga y la inaugura con una ofrenda floral a
la patrona de la ciudad, la Virgen de la Victoria. Cuenta el periódico
que luego los dos presidieron una multitudinaria misa flamenca,
auspiciada por la Asociación de los Amigos de la Pringá(...)"(2).
En fin, la miseria cultural, patéticamente descrita por Alberto
Anaut: "El rastro de los ochenta se ha perdido entre la crisis
y la realidad. Por eso, aquel Madrid glorioso, al que Tierno Galván
tenía la osadía de proclamar Capital Cultural de Europa,
mientras se paseaba de la mano de Sarita Montiel, y que llegó
a simbolizar a la nueva España, es hoy solamente un espectro
sucio y desmoralizado. La explosión de libertad y los años
del dinero fácil han dado paso a las galerías de arte
vacías, a los cines de rebajas, a las goteras del Prado,
a las discotecas de la tarde de domingo, a los créditos hipotecarios
y a la telebasura"(3).
No
es seguro que el puro presente nos proporcione las armas necesarias
para enfrentarnos a tanta desgracia que, ciertamente -escaso consuelo-
no es sólo nuestra. Lipovetsky, después de escribir
La era del vacío y El imperio de lo efímero, postula
en El crepúsculo del deber (4),
el rearme ético en una sociedad orientada a la felicidad,
al deseo incontrolado, carente de cualquier forma de abnegación.
La Historia entonces adquiere su más importante dimensión,
su papel decisivo en la formación de la conciencia de los
individuos y de la nación. Corresponde a los historiadores
investigar y mostrar a los ciudadanos aquellas tradiciones que les
permitan afrontar tanta desgracia desde unas raíces que hagan
posible ese rearme ético cuya dificultad angustia al pensador
francés. En esta necesaria búsqueda, surge la Institución
Libre de Enseñanza. En ella encontramos austeridad, coherencia,
solidez cultural, patriotismo. Ética y estética, a
la vez.
II
El
krausismo fue, ante todo, una metafísica o, mejor aún,
un complejo sistema filosófico -sin duda más interesante
de lo que muchas veces se ha afirmado- fundado en un "racionalismo
armónico", que tiene como centro la idea de Ser, esto
es, de Dios, a cuya visión se llega a partir de la intuición
del Yo. La intimidad del Yo -el ser individual- y el Ser -Dios-,
es, dice Posada, "el momento culminante del filosofar en Krause
y del goce en el místico". Afirmando la intimidad entre
el Yo y el Ser, surge el "profundo carácter religioso,
místico de la filosofía de Krause, y esto explica
muy bien el valor de esta filosofía como una filosofía
de la vida y para a vida, o como una filosofía de la historia;
y esto explica, además, que el influjo de Krause y de sus
discípulos y continuadores -v.g. Ahrens, Röder, Giner-
se haya producido principalmente en las disciplinas éticas
y sociales, en la pedagogía, en la filosofía del derecho
y en la política" (5).
El
krausismo tuvo en España -a sus propias características
se unieron las especiales circunstancias del país- una significación
mucho más amplia que la estrictamente filosófica.
Importada por Sanz del Río, quien parece haberla conocido
a través de la lectura de Ahrens, entre 1837 y 1840, aunque
su adhesión plena se producirá durante sus estudios
en Heidelberg, realizados en 1843-1844, como pensionado del Gobierno
español, la doctrina de Krause constituyó, como señala
López Morillas, un auténtico "estilo de vida".
La doctrina krausista supondrá "una cierta manera de
preocuparse por la vida y de ocuparse de ella, de pensarla y de
vivir sirviéndose de la razón como de brújula
para explorar segura y sistemáticamente el ámbito
de lo creado". Que entre Sanz del Río y Fernando de
Castro, o entre Salmerón y Giner se echan de ver orientaciones
diferentes está fuera de duda. Pero también lo está
el hecho de que estos hombres comparten una misma confianza en la
razón como norma de vida y manifiestan idéntica predilección
por ciertos temas del repertorio espiritual del siglo de las luces.
Todos ellos creen en la perfectibilidad del hombre, en el progreso
de la sociedad, en la belleza esencial de la vida. Todos ellos trabajan
con ardor en pro de un mundo mejor"(6).
Y Azorín añade: "si quisiéramos caracterizarlos
a todos por un rasgo común, diríamos que todos los
hombres que figuran en este grupo y en este período se distinguen
por un anhelo, por un afán sincero de saber, de conocer;
a su afán y ansia de saber y explorar las regiones del pensamiento
unen una rectitud, una probidad, una sinceridad que pueden ser considerados
como fundamentales, como típicos, en la época histórica
en que tal movimiento intelectual se desenvuelve” (7).
El krausismo español, crecientemente influido por el positivismo
-Posada habla de krauso-positivismo- tuvo un valor decisivo en el
renacer científico, ético y espiritual del país.
Un pedagogo francés, Compayré, reflejará este
hecho: "Se habla en España de un krausista, como antiguamente
en Roma de un estoico: dando a esta palabra el significado de una
virtud elevada hasta el puritanismo"(8).
Tuvo
el krausimo español un evidente significado político,
imponiéndose en los círculos intelectuales de Madrid
mientras agonizaba el reinado de Isabel II. Los discípulos
de Sanz del Río fueron los "intelectuales orgánicos"
de la Revolución de 1868 a la que prestaron todo su apoyo.
La Revolución concluye en la desastrosa anarquía de
la 1ª República, que alejará definitivamente
a los krausistas de la actuación política directa,
vista siempre como un serio peligro para la doctrina por Sanz del
Río.
El
desengaño fue muy fuerte. ¿Qué es lo que había
fallado? Giner de los Ríos denunciará en un texto
de singular interés, lúcido y feroz, raramente citado,
el fracaso de una juventud que se creía renovadora, una juventud
que pocas veces en nuestra historia contemporánea había
despertado tantas esperanzas como "durante los últimos
diez años que preceden a la Revolución de Septiembre".
Pasado, sin embargo, el primer momento del noble y puro entusiasmo
y (llegada) a la hora de condensar reflexivamente el clamor unánime
de la nación, ¿qué hicieron esos hombres nuevos?
¿qué ha hecho esa juventud? ¡qué ha hecho!
Respondan por nosotros -clama Giner- el desencanto del espíritu
público, el indiferente apartamiento de todas las clases,
la sorda desesperación de todos los oprimidos, la hostilidad
creciente de todos los espíritus generosos. Ha afirmado principios
en la legislación y violado esos principios en la práctica;
ha proclamado la libertad y ejercido la tiranía; ha consignado
la igualdad y erigido en ley universal el privilegio; ha pedido
lealtad y vive en el perjurio; ha abominado de todas las vetustas
iniquidades y sólo de ellas se alimenta. Y como no podía
menos de acontecer con tal conducta, ha lanzado a la insurrección
a todos los partidos ajenos a la distribución del botín;
ha desdeñado a los propietarios y atemorizado a los ricos;
ha humillado a los racionalistas y ultrajado a la Iglesia; ha dado
la razón a los esclavistas y a los negros, y se ha captado
la antipatía de los liberales y conservadores; de los hombres
ilustrados y del vulgo". No había, sin embargo, de qué
extrañarse. Aquellos jóvenes, "a los que el ministerio
de las circunstancias al par que sus propios merecimientos llamaban
a tomar sobre sí la grave responsabilidad de dirigir la solución
a una crisis tan desprevenidamente procurada, ¿qué
habían de hacer? ¿Podían servir de intérpretes
a las confusas aspiraciones, no de un partido, sino del espíritu
nacional entero, que nada menos reclamaba la común necesidad?
Aislados del sordo movimiento interior de las clases, faltos de
principios claros y definidos, de convicciones lentamente formadas
en severos estudios (...) incapaces de fundar sobre este suelo movedizo
del entendimiento y la fantasía cosa alguna sólida
y duradera, una fuerza invisible les arrastraba a componer y remozar
en su provecho los mismos principios gubernamentales que un tiempo
execraran, lejos de poner los cimientos de la construcción
cuyo plan y cuyas primeras bases ajenas se revelaban a su inteligencia
en el crepúsculo de una luz dudosa" (9).
¿Qué
quedaba por hacer? Habían fallado los hombres. Insistir,
en estas condiciones, en la acción política no tenía
sentido. La política inmediata era en aquel momento el reino
de la abyección, del envilecimiento. Sólo quedaba
entonces, asumiendo la doctrina krausista en todo su rigor, la vía
de la enseñanza, de la pedagogía. Formar hombres,
hacer hombres, no había otro camino. Las revoluciones son
negativas. Para Giner, "donde hay que hacer la revolución
es en las cabezas, es decir, en los espíritus. No, pues,
en las barricadas, ni en los campos, donde está ya bien probado
-¡no digamos en España!- que las revoluciones como
tales revoluciones sólo siembran dolores, desdichas, salvaje
atavismo para recoger, (a pesar y no a causa de esa barbarie, como
acontece en las guerras, otro crimen) algunos frutos que se habrían
obtenido por otros caminos y probablemente con mayor rapidez"
(10). Hay, pues, que
lograr el "hombre interior", la persona, el individuo,
único generador de la vida colectiva, que será siempre
la expresión del ser y de la condición moral de aquél.
III
La
Institución Libre de Enseñanza sería el resultado
de estos principios y de las circunstancias políticas del
momento de la filosofía krausista, del fracaso de la revolución
septembrina, y del carácter represivo que la Restauración
canovista presenta en sus primeros momentos. "Que Don Antonio
Cánovas del Castillo -dice Caro Baroja- pretendiera llegar
a una solución liberal conservadora cargando a la derecha,
dado que los gobiernos sucesivos de 1868 y 1874 no habían
podido consolidarse y que la guerra civil asolaba a España
parece una idea altamente política. Mas en los primeros meses
de su gobierno encomendó el Ministerio de Fomento, que comprendía
lo que luego se llamó modestamente "Instrucción
Pública" (y más tarde en un progresivo alarde
de orgullo y confianza injustificada "Educación Nacional"
y "Educación y Ciencia")"(11),
al marqués de Orovio, de filiación integrista, quien
actuó entonces de idéntica manera a como lo había
hecho durante su primer paso por el Ministerio en 1867. Un Real
Decreto de 26 de febrero de 1875, manda a los catedráticos
que se atengan en sus enseñanzas al contenido de los libros
de texto expresamente autorizados y una circular del Ministerio
de Fomento, de la misma fecha, dirigida a los Rectores, les ordena
prohibir en las Universidades la exposición de doctrinas
contrarias a la religión católica y al régimen
monárquico, Algunos, catedráticos, los primeros, Augusto
González de Linares y Laureano Calderón, se negaron
a cumplir tales disposiciones en defensa de la libertad de enseñanza
y fueron expedientados y separados de sus cátedras, y otros,
encabezados por Castelar y Salmerón, dimitieron de sus cátedras
por solidaridad (12).
Uno de estos profesores fue Giner de los Ríos. Desterrado
a Cádiz, concebirá entonces la fundación de
la Institución Libre de Enseñanza, cuyo programa ideológico
y docente parece haberse discutido en la casa solar de González
de Linares, en el Valle de Cabuérniga, durante la estancia
de Giner en aquel rincón montañés en el verano
de 1876 (13).
Pensada
inicialmente, en expresión de Giner, como “una pequeña
institución de enseñanza superior libre, con una escuela
de derecho", acaso, dice López Morillas, porque "sus
fundadores, con Giner a la cabeza, eran en su mayoría catedráticos
de institutos y universidades” (14),
la Institución Libre de Enseñanza se orientó
pronto, sin descuidar los grados superiores de la educación,
hacia la enseñanza primaria y el parvulario. La educación
era obra unitaria y continuada que debía iniciarse con el
niño y seguir durante toda la vida del hombre. En la Institución
se originarán, además, una serie de establecimientos,
más o menos autónomos, incluso independientes, pero
a los que utilizó y que han tenido un peso decisivo en la
cultura española contemporánea: la Junta para Ampliación
de Estudios, el Centro de Estudios Históricos, la Residencia
de Estudiantes, el Instituto-Escuela, el Museo Pedagógico,
el Instituto de Reformas Sociales, la Universidad de Verano de Santander,
entre otros.
Giner
definió la educación como "una acción
universal, difusa y continuada de la sociedad (y aun del medio todo)
dentro del cual la acción del educador intencional desempeña
la función reflexiva, definida, discreta, propia del arte
en los demás órdenes de la vida, de excitar la reacción
personal de cada individuo y aun de cada grupo social para su propia
formación y cultivo; todo ello mediante el educando mismo
y lo que él de suyo pone para esta obra, ya lo ponga espontáneamente,
ya en forma de una colaboración también intencional"
(15). La educación
se concibe, por tanto, en el más amplio sentido: físico,
estético, intelectual, moral, social o cívico y religioso,
tal como corresponde a la "unidad orgánica del ser humano"
y su metodología última se fundamentará en
la intuición y en la orientación activa y progresiva,
de acuerdo con los principios de Rousseau, Pestalozzi, Froebel o
Dewey. Según el propio Giner, hay que exigir del discípulo
que "piense y reflexione por sí en la medida de sus
fuerzas, que despliegue las alas del espíritu, en fin, y
se rinda a la conciencia de su personalidad racional". La enseñanza
en la Institución se adelantó a la educación
progresiva. El niño debe aprender "de su experiencia
directa con la realidad y la función de la escuela es proporcionarle
y guiar esta experiencia hacia los fines que exige una sociedad
libre y democrática. La preparación del alumno para
un futuro remoto que no se sabe cómo va a ser, no tiene sentido
en el mundo moderno. En cambio, el niño que aprende a aprovechar
del presente y que reconoce el carácter cambiante del mundo
que le rodea estará preparado para cualquier circunstancia
y podrá defender los mismos ideales de libertad que le permitieron
formarse"(16).
IV
El influjo moral del krausismo y de la Institución Libre
de Enseñanza en una España -la de mediados del siglo
XIX- que "había perdido por completo la sensibilidad
moral con respecto a la vida del pensamiento y a toda función
pública" -fue decisivo, inculcando Sanz del Río,
"ese ideal del respeto a sí mismo y, por tanto, a los
otros, juntamente con el cumplimiento del deber", tal como
muestran los ejemplos de Galdós (17)
y Emilia Pardo Bazán (18).
Interesa
detenerse en una dimensión esencial, ética y estética,
de los institucionistas: la austeridad, una austeridad, hecha de
rigor y buen gusto, que se manifiesta en el funcionamiento de los
organismos que crearon e inspiraron y en su propia conducta personal.
Manifestación
ejemplar de dicha austeridad es la preocupación, llevada
hasta el escrúpulo, por el buen uso del dinero, especialmente
de los caudales públicos. Señala Xirau que desde muy
antiguo fue preocupación de Giner la organización
sistemática y masiva de viajes fuera de España a fin
de estrechar los vínculos espirituales y culturales con otros
países civilizados (19).
Don Francisco, cuenta Pijoan, "estaba tan convencido de la
necesidad de completar la educación -en alguna gran escuela
europea, con el mayor especialista de cada rama, del saber, que
los más conseguían, a fuerza de privaciones o con
algún auxilio inesperado que les proporcionaba el Abuelo,
reunir los ahorros necesarios, por lo menos para empezar el viaje.
En Berlín, o donde fuera, algo se ganaría dando lecciones
de español... ya en el extranjero, continuaban las privaciones
para sostenerse allí el más largo tiempo posible.
Sé de un grupo que a estos tiempos de viaje les llama todavía
'el período de la fame, o del hambre'. La leyenda de la emigración
escolar antes de la creación de la Junta de Ampliación
de Estudios, es digna de nuestros tiempos heroicos de Alcalá
y de Salamanca. Nuestros estudiantes, con pleno conocimiento, discutían
la relativa rudeza de los asientos de tercera clase en los trenes
de las diversas naciones de Europa y conocían el valor nutritivo
de cada alimento en proporción a su coste mejor que los que
hacen gráficas en los laboratorios de biología"
(20). Se hacían
también viajes de estudios preparados minuciosamente, como
el que organizó Cossío por Francia, Inglaterra, Bélgica
y Holanda, con don Francisco, Agustín Sardá, Adolfo
Buylla, Manuel Sales y Ferré, Sánchez Dalp y Adolfo
Posada en 1877. En la Carta en la que Cossío exponía
el plan y daba instrucciones para el viaje a sus participantes figuraba
esta nota: "Presupuesto: deben calcularse para las cinco semanas
de viaje comprendiendo todo (excepto gastos particulares), 750 pesetas
por persona. Sobraron más de 100" (21).
Los
hombres de la Institución se mantuvieron así en estrecho
contacto con la Europa de la época, con muchas de sus personalidades
más notables, especialmente en el terreno de la pedagogía.
Ha de destacarse, especialmente, la influencia inglesa en la Institución,
iniciada desde los primeros momentos a través de los Riaño,
ella Emilia de Gayangos y Rewell. El "gentleman" fue el
modelo humano institucionalista. Como escribe Giner en 1914: "Nuestro
deseo es ver si podemos entregar a la sociedad cada año hombres
honrados, de instintos nobles, cultos, instruidos, hasta no serles
extraño ningún elemento ni problema fundamental de
la vida, laboriosos, varoniles de alma y cuerpo y capaces de atender
a sus necesidades materiales por medio de una profesión verdaderamente
honrosa y libre, es decir, correspondiente a sus aptitudes diversas
y elegida con verdadera vocación. Para esto hace falta estudiar
y aprender muchas cosas, pero también mucho juego corporal
y gimnástico, mucho taller, mucho aire libre, mucho aprendizaje
de la sociedad y sus resortes, mucho movimiento, poco libro y mucho
jabón y agua". Añade, después, "El
sentimiento de la personalidad, el cuidado y desarrollo de las fuerzas
físicas y las maneras (...) son las tres cualidades culminantes
de la educación inglesa" (22).
La
época de los viajes heroicos al extranjero se cierra con
la creación de la Junta de Ampliación de Estudios.
Fundada por Decreto de 19 de junio de 1907, bajo la presidencia
de Ramón y Cajal, tendrá a partir de 1910 un período
de afianzamiento y expansión, siendo su secretario y verdadera
alma don José Castillejo, el hombre clave de la Institución
Libre de Enseñanza en su última etapa.
Fue
Castillejo una personalidad excepcional y de singular originalidad:
"De los altos de Chamartín bajaba en su bicicleta y
con su balandrán de color ala de mosca, a la Universidad,
a la Junta, a dirigir Dios sabe cuántas empresas intelectuales
que requerían mucho esfuerzo, porque los medios eran pequeños.
Si se piensa en aquellos programas hechos a base de ascetismo, después
del lujo y despilfarro que siguió (al menos en lo de construir
sedes de instituciones científicas), se llega a la misma
conclusión de siempre: la de que pasamos de un extremo a
otro con excesiva facilidad. La Junta vivía con una dieta
de cuaresma" (23).
Catedrático de Derecho Romano, estudioso de la educación
inglesa, edificó su casa en un olivar de Chamartín
de la Rosa, para poder vivir en contacto con la Naturaleza. Allí,
pronto fueron sus vecinos, entre otros, Menéndez Pidal e
Ignacio Bolívar, podaba los olivos, plantaba árboles
frutales, cuidaba las viñas e, incluso, elaboraba el vino
que se consumía en su casa. Su labor al frente de la Junta
fue insuperable (24).
De ella surgieron o fueron colocados bajo su patrocinio el Centro
de Estudios Históricos, el Instituto Cajal de Histología,
el Instituto de Física y Química, el Seminario de
Matemáticas, el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes...
pero lo más importante fue la concesión selectiva
de pensiones para estudiar en el extranjero. "A Castillejo
-dice Sánchez Albornoz- debe España la renovación
de su ciencia en las primeras décadas del siglo XX y la renovación
de sus Universidades (...). Muchos jóvenes estudiosos de
las más diversas procedencias y de los más variados
credos políticos, sin discriminaciones de ningún género,
pudieron gracias a esa ayuda frecuentar las Universidades europeas
y norteamericanas y pudieron a su regreso cambiar los métodos
de investigación y de enseñanza en nuestra patria".
Y todo ello, con un increíble rigor: "las pensiones
-continúa don Claudio- eran parvas e instaló la Junta
y los Centros de ella dependientes con una sencillez rayana en el
franciscanismo. Recuerdo las mesas y sillas de lustrado pino que
teníamos en nuestros despachos y que él tenía
en el suyo; las paredes desnudas de los mismos, las lámparas
sencillas... se ahorraba hasta el céntimo a fin de emplear
los magros presupuestos de la Junta en modestos subsidios, en modestas
pensiones y en sencillas publicaciones (...). Le encontré
por última vez en un modesto hotel de Nueva York, en 1938,
ya emigrados los dos, y le encontré con su atuendo de siempre
y con una pobre maleta de cartón" (25).
Austeridad,
rigor, ejemplaridad... Conviene recordar que, por ejemplo, en la
pluralísima lista de pensionados de la Junta de 1910-1911
(Ramón de Abadal, Álvarez Ude, Manuel Azaña,
Barcía Trelles, Luis Benedito, Francisco Bernis, Besteiro,
Bosch Gimpera, Ramón Carande, Agustín Cañizo,
Cossío, García Morente, Hernández Pacheco,
Teófilo Hernando, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Julián
Paz, Pijoan, Rey Pastor, Fernando de los Ríos, Lafora, Juan
Zuloaga, Luciano Serrano ...) destaca tanto el acierto de la selección
como el hecho de que en ella figuraran desde un abad de Silos hasta
un futuro presidente de la República. El Presupuesto inicial
de la Junta fue de 233.000 pts. anuales. El del Centro de Estudios
Históricos -creado por Real Orden de 16 de abril de 1910-
de inolvidable labor, 28.000 pts. anuales..., el del Instituto Escuela,
regularizado ya en el curso 1919-1920 ascendía a 75.000 pts.
Sabida es, en fin, la coherencia, tan resaltada en el excelente
libro de Isabel Pérez Villanueva (26),
mesurado equilibrio y buen gusto que empleó en la Residencia
de Estudiantes, trascendental en la cultura española, dirigida
por otro personaje de excepción, Alberto Jiménez Fraud
(27).
V
El
estilo de la Institución se refleja también -y ejemplarmente-
en los viajes por España y en las excursiones. Los viajes
de estudio por España, con duración de 8 a 10 días
generalmente, fueron fundamentales para la pedagogía institucionalista.
Se preparaban con todo detenimiento, tanto en lo relativo a los
medios de transporte y alojamiento como en el conocimiento de los
lugares que debían ser visitados. Se utilizaba el ferrocarril,
siempre, por supuesto -nunca viajó de otra forma Giner- en
tercera clase. Con estos viajes, profesores y alumnos de la Institución
accedían a la España real, a la España auténtica,
con su ignorancia y su pobreza, mas también con sus infinitas
riquezas que ellos supieron descubrir y valorar, integrando la cultura
del pueblo en su propia existencia, que adquirió así
su sencillo y noble refinamiento. Tal ocurrió con el arte
popular, como nos cuenta Giner Pantoja: "Fueron un grupo de
señoras a Puente del Arzobispo y a otros pueblos de su jurisdicción
como Lagartera y El Torrico; de allí salieron muchos de los
paños que han adornado todas las casas de los institucionistas
(...). La nota fundamental la dio Carmen Cossío al organizar
en Madrid una exposición del arte popular de bordados y deshilados,
exposición que se llevó a cabo en los salones de la
Casa Lisarraga, cuyos dueños, los hermanos Villalba, eran
alumnos de la Institución. Carmen Cossío, con su gracia
y donaire, organizó todo con el mayor cariño y se
le ocurrió decorar la entrada con un cuadro de Zurbarán
que representa la Virgen Niña con su almohadilla bordando
un paño como los allí expuestos. El éxito fue
grande y desde ese momento esos paños empezaron a ser apreciados
y se comercializaron" (28).
Martín
Navarro narra un viaje que realizó por Andalucía,
con 25 pesetas que se había ganado con un trabajo extraordinario.
El billete de ida y vuelta en ferrocarril costaba 15 pesetas y Giner
consideró que con las otras 10 podría pasar los cuatro
días que duraría el viaje: "Horas enteras pasaron
don Francisco y el señor Cossío combinando el plan
del itinerario. Tendría que dormir en la estación
en un vagón de primera y para ello me dieron una carta de
recomendación para el jefe; podría lavarme medio cuerpo
y los pies en la fuente que allí había; comería
tales y cuales cosas que tenían determinados precios, y habría
de dar propinas hasta de veinte céntimos en aquellos sitios
que enseñaban por favor sus obras de arte... Don Francisco
me aseguraba seriamente después del recuento de todos los
gastos que aún me sobraría dinero (...)". Se
intentaba que el viaje cubriera todos los aspectos, geográficos,
económicos, humanos, artísticos... de los lugares
visitados: "El plan se aprobó y se desechó varias
veces, según iban recordando las cosas que había que
ver en el camino. Se me indicaron los paisajes más bellos
que encontraría, las poblaciones más pintorescas,
los más importantes cultivos... En Sevilla tendría
que visitar como unos cuarenta monumentos, cuya lista y descripción
de cuadros y esculturas me hicieron entre los dos; había
de ver las procesiones en no sé cuántos sitios, por
el día y por la noche, había de oír cantar
las saetas en los días más señalados; tendría
que pasar a determinadas horas por los barrios de Triana y Santa
Cruz; dar una ojeada a la Venta Eritaña; contemplar Sevilla
y el río desde la Giralda; pasear por los jardines; ver los
preparativos que se empezarían a hacer para la feria; y,
por Dios y todos los Santos, que no dejara de ir a las ruinas de
Itálica, a unos 12 o 13 kilómetros de la ciudad (...
)" (29).
Vemos,
una y otra vez, al contemplar a los hombres de la Institución,
un rasgo fundamental de su carácter, la cuidadosísima
preocupación por gastar la menor cantidad de dinero posible.
Martín Navarro habla del particular aprecio que Giner hacía
del dinero: "Don Francisco no se cansaba jamás, cuando
se trataba de buscar un medio de economizar el dinero, y siempre
encontraba los recursos más inverosímiles para lograrlo.
Con algo así como 700 pesetas (...) envió a Italia
a nuestro más grande penalista, don Pedro Dorado, a estudiar
un curso entero luego de terminar su carrera. Varios profesores
de la Institución estuvieron en París varios meses
con sólo 500 francos. Pero el mayor prodigio en este respecto,
si es que no cuenta el de don Joaquín Costa que vivió
gran parte de su vida con dos pesetas diarias, lo realizó
sin duda, el señor Cossío, que era para don Francisco
como un hijo" (30).
La "tacañería" de los institucionistas fue,
ciertamente, el cálculo racional -muy inglés- de quien,
con escasos medios, trata de conseguir el mayor número de
cosas posibles. Mas, sobre todo, se trata de una Ética económica:
"Los bienes materiales -escribe Giner- con ser medios para
nuestras necesidades físicas tienen un valor ético,
merced a cuya significación trascienden de la naturaleza
exterior a la vida y a la finalidad del espíritu". Y
hubo también una estética de la sobriedad, un buen
gusto que evitaba cualquier dilapidación y cualquier afectado
exceso.
Ética
y estética se conjugaban en las salidas al campo, en las
excursiones a la Sierra de Guadarrama. Para Posada, "la acción
de nuestro don Francisco que mejor define su personalidad siempre
en tensión, de removedor generoso de la juventud, alcanza
la mayor intensidad no sólo en las enseñanzas de sus
cátedras sino en las diarias conversaciones con sus discípulos:
en los paseos por las calles de la Corte, en el salón de
la Institución y con cuantas gentes se acercaban a él
en busca de un consejo o de una ayuda moral. Mas donde esa acción
de influjo ético, estético, educador en suma, del
maestro se produjo con más éxito y más eficacia
quizá fue en los paseos y excursiones por el campo, por los
montes de El Pardo, por los de la Sierra, entre los tomillos y las
jaras" (31).
Los
"domingos de El Pardo" de Giner y sus discípulos
han sido evocados por Pijoan como una versión moderna del
universo socrático (32)
y la Sierra de Guadarrama fue el gran descubrimiento de la Institución
Libre de Enseñanza. Prácticamente ignorada hasta entonces,
no sólo por los madrileños, sino, incluso, por los
propios campesinos, Giner y sus discípulos abrieron el camino
del Guadarrama. La Sierra, a la que había que accederse inicialmente
andando desde Villalba -18 kilómetros- fue atravesada a pie,
por primera vez, por Giner, en el verano de 1883 -Villalba, Navacerrada,
Cotos, El Paular, El Reventón, La Granja, Segovia, las siete
Revueltas y vuelta a Villalba, constituyeron los hitos fundamentales
del recorrido- "el maestro, apoyado en su bastón, subía
firme, gozoso del esfuerzo, la agria pendiente, bajo un cielo intensamente
azul, inundado de sol" y en la "Casilla de la Sierra"
-donde tuvo como invitado a otro gran viajero "Gaziel"
- escribió el prólogo de su libro póstumo,
Ensayos sobre Educación. A partir de entonces, la Sierra
madrileña no sólo fue estudiada por los científicos,
en 1886, MacPherson, Quiroga y Joaquín Sama fundan la "Sociedad
para estudios del Guadarrama", en la que participó activamente
el pintor Beruete -y frecuentada por montañeros y escaladores-
discípulos directos o influidos por Giner fundarán,
en mayo de 1908, el Club Alpino Español y en septiembre de
1913, el Club Peñalara (33),
sino que será fuente de inspiración para pintores
y poetas: Morera, Berruguete, Enrique de Mesa, Antonio Machado (34).
¿Qué
significó la Sierra de Guadarrarna para los hombres de la
Institución? Giner y los suyos tuvieron un anhelo de limpieza
física y moral: "Miren –decía Giner- al
pringue, al mugre dominando Madrid. ¡Estas casas sucias, estas
tapias pringosas! ¡Estas gentes, Dios mío', estas gentes
rotas, mugrientas! El mugre es el déspota absoluto de España.
Impera, triunfa en todos lados. ¡Todo huele mal! Tendríamos
que ponernos nosotros a barrer las calles! ¡Qué cosa
más espiritual que barrer un pueblo, enseñarle el
culto de la limpieza -que limpieza quiere decir "integridad,
pulcritud, santidad, exclusión de cosa extraña, absolutez,
libertad de pasión!" (35).
Frente a la suciedad madrileña y nacional, la Sierra fue
para ellos, "primeramente una especie de culto reservado a
los iniciados; después, el supremo goce de los espíritus
esforzados y de los hombre viriles; por último, la panacea
de todas las enfermedades, de todas las dolencias y flaquezas del
alma y del cuerpo. En la Sierra todo era bueno y perfecto, incluso
aquellos 15 o 16 grados bajo cero, y aquellas ventiscas que nos
cegaban. Las flores eran las más bellas y fragantes; las
lagunas, las más hermosas y atractivas; los arroyos y las
fuentes las más encantadoras y de agua más pura. Ir
a la sierra era algo así como visitar el paraíso de
los valientes y los elegidos. Y a ella nos íbamos con don
Francisco, y con nuestras ocho o diez pesetas en el bolsillo, para
llegar hasta La Granja o El Paular, abriendo los puertos de Navacerrada,
de la Fuenfría o de La Morcuera" (36).
1
ALCAIDE INCHAUSTI, J.: "La España
de ayer y de hoy", El País, 21 de agosto de 1994.
2 MUNOZ MOUNA, A.: "Cultura andaluza",
El País, 17 de agosto de 1994.
3 ANAUT, A.: "España año
cero", El País, 22 de noviembre de 1994.
4 Barcelona, 1994.
5 POSADA, A.: Breve historia del Krausismo español.
Perfil de una aventura intelectual, México, 1956, p. 42;
Cfr., asimismo, C. F. Krause, Ideal de la humanidad para la vida,
con introducción y comentarios por Julián Sanz del
Río, Madrid, 1860; J. Sama y Vinagre, "Filosofía
de Krause", Revista Mensual de Filosofía, Literatura
y Ciencias, T. III (1871) y IV (1872), Universidad de Sevilla; F.
Giner de los Ríos, "En el Centenario de Sanz del Río",
BILE, XXXVIII, n° 653 (1914); E.M. Ureña, Krause, educador
de la humanidad. Una biografía, Madrid, 1991; G. Manrique,
Sanz del Río, Madrid, 1935; J. Sanz del Río, Cartas
inéditas, Madrid, 1874; J. López Morillas, El Krausismo
español. Perfil de una aventura intelectual, México,
1956; E. Díaz, La filosofía social del krausismo español,
Madrid, 1973; J.J. Gil Cremades, El reformismo español krausismo,
Escuela Histórica, Barcelona, 1969; A. Blanco Carrascosa;
El krausismo Valenciá, Valencia, 1982; J.R. García
Cue, Aproximación al estudio del krausisino andaluz, Madrid,
1985; M. Pecellín Lancharro, El Krausismo en Badajoz, Badajoz,
1987.
6 LÓPEZ MORILLAS, J.: op. cit., p.
212.
7 Cit. por LÓPEZ MORILLAS, J.: op.
cit., p.212.
8 Cit. por POSADA, A.: op. cit., p. 126.
9 GINER de los RÍOS, F.: “La
juventud y el movimiento social”, en Ensayos, Madrid, 1969,
pp. 210-211.
10 Cit. por POSADA, A.: op. cit., pp. 103-104.
11 CARO BAROJA, J.: "El miedo al mono
o la causa directa de la cuestión universitaria", en
El Centenario de la Institución Libre de Enseñanza,
Madrid, 1977, p. 32.
12 En 1881, un ministro liberal, Albareda,
repondrá en sus cátedras a los profesores expulsados
o dimitidos seis años antes.
13 Cfr. CACHO VIU V.: La Institución
Libre de Enseñanza. l. Orígenes y etapa universitaria
(1860-1881), Madrid, 1963;JIMÉNEZ LANDI, A.: La Institución
Libre de Enseñanza y su ambiente. Los orígenes, Madrid,
1973; y "Científicos de la Institución Libre
de Enseñanza", en El Centenario de la Institución...
pp. 96-97; P. de Azcárate, La cuestión universitaria.
Epistolario de D. Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo
de Azcárate, Nicolás Salmerón, Madrid, 1967;
de LLANOS Y TORRIGLIA, F.:"Cuatro cartas a don Luis Silvela.
Cómo nació la Institución Libre de Enseñanza.
Contribución al epistolario inédito de Giner de los
Ríos", en F. Giner de los Ríos, Ensayos y Cartas.
Edición de Homenaje en el cincuentenario de su muerte. México,
1965; LÓPEZ MORILLAS, J.: Racionalismo pragmático.
El pensamiento de Francisco Giner de los Rios, Madrid, 1988; 8.
Madariaga de la Campa, Augusto González de Linares, Santander,
1984.
14 LÓPEZ MORILLA, J.: prólogo
a F. Giner de los Ríos, Ensayos, p. 14.
15 GINER DE LOS Ríos, F.: Pedagogía
universitaria, cit. por L. Luzuriaga, Pedagoga, Buenos Aires, 1977,
p. 51.
16 BOETSCH, L.: "Algunas semejanzas
entre la educación progresiva y la pedagogía de la
Institución Libre de Enseñanza" en El Centenario
de la Institución... p. 141. Cfr., además, CASTRO,
A.:"Francisco Giner y Manuel B. Cossío", en Semblanzas
y estudios españoles, Madrid, 1956; JIMÉNEZ LANDI,
A.:"Don Francisco Giner de los Ríos y la Institución
libre de Enseñanza", Revista Hispánica Moderna,
1-2 (1959), y "La ILE en sus coordenadas pedagógicas",
Revista de Educación, 243 (1976); I. Turin, La educación
y la escuela en España de 1874 a 1902, Madrid, 1967; XIRAU,
J.: Manuel B. Cossío y la educación en España,
Barcelona, 1969; G. di Febo, "Orígenes del debate feminista
en España. La escuela krausista y la Institución libre
de Enseñanza", Sistema, 12 (1976), pp. 49-82; l. Guerrero
Salom, "La Institución, el sistema educativo y la educación
de las clases obreras a finales de siglo", Revista de Educación,
423 (1976); JANER MANILA, G.: "Krausismo y educación
en Mallorca", Cuadernos de Pedagogía, 34, 1977, pp.
41-44; ESTEBAN MATEO, L.: La lnstitución Libre de Enseñanza
en Valencia, Valencia, 1977, Y "El laicismo escolar hispano:
notas para su historia", Educadores, 103 (1979), pp. 393-402;
G. Delgado, "La Institución libre de Enseñanza
en Sabadell", Revista Española de Pedagogía,
141 (1978), pp. 137-153; BUENO ORTUNO, J. y otros: La Institución
Libre de Enseñanza y Valencia, Valencia, 1979; BLANCO CARRASCO-
SA, l. A.: Un arquetipo pedagógico pequeño-burgués
(Teoría y praxis de la Institución Libre de Enseñanza),
Valencia, 1980; MOLERO PINTADO, A.: La Institución Libre
de Enseñanza. Un proyecto español de renovación
pedagógica, Madrid, 1985.
17 Cfr., CASALDUERO, l.: Vida y obra de Galdós
(1843-1920). Madrid, 1961, esp. pp. 15-19.
18 Cfr., BRAVO VILLASANTE, C.: Vida
y obra de Emilia Pardo Bazán, Madrid, 1973, esp. pp. 34-38.
19 XlRAU, J.: Manuel B. Cossío…
p. 54.
20 PIJOAN, J.: Mi don Francisco Giner (1906-1910),
Madrid, 1932, pp. 62-63.
21 POSADA, A.: Breve historia del krausismo
español, p. 120, n° 2.
22 Cit. por BROWN, R. F.: "La Institución
e Inglaterra. El Boletín", en El Centenario de la Institución...
p. 121-122.
23 CARO BAROJA, J.: "Una figura clave",
El País, 29 de octubre de 1977.
24 "Lo que da mejor que nada, la
medida de sus dotes atrayentes y asociativas -recuerda Carande-
es que, siendo parco en el elogio, nada acomodaticio, algo desconfiado,
de humor sarcástico, y tacaño a la hora de retribuir
(los sueldos fijados por él eran irrisorios), consiguiera
ganarse la adhesión de los colaboradores imprescindibles
para realizar aquella obra". CARANDE, R.: "Primer centenario
de José Castillejo. Prefirió trabajar a darse tono",
El País, 29 de octubre de 1977.
25 SÁNCHEZ ALBORNOZ, C.: "Castillejo.
Un ejemplo a imitar", en Confidencias, Madrid, 1979, pp. 188-189;
CARANDE, R.: "Un vástago tardío de la Ilustración:
José Castillejo (1877-1945)", Mélanges á
la mémoire de Jean Sarrailh, T.I, París, 1966, pp.
191-210; S. de Madariaga, Españoles de mi tiempo, Barcelona,
1974.
26 La Residencia de Estudiantes, Madrid,
1991.
27 Cfr., MENÉNDEZ PIDAL, G.: "José
Castillejo y la educación española", Triunfo;
CASTILLEJO, J.: Guerra de ideas en España, prólogo
de J. Caro Baroja, Madrid, 1976; GÓMEZ ORFANEL, G.: "La
Junta de Ampliación de Estudios y su política de pensiones
en el extranjero", Revista de Educación. 243, 1976;
PALACIOS BAÑUELOS, L.: José Castillejo. Última
etapa de la Institución Libre de Enseñanza, Madrid,
1979; Castillejo educador, Ciudad Real, 1986; M. de Terán,
"El Instituto Escuela y sus relaciones con la Junta de Ampliación
de Estudios y la Institución Libre de Enseñanza",
En el Centenario de la Institución pp.189-197; PALACIOS BAÑUELOS,
L.: Instituto-Escuela. Historia de una renovación educativa,
Madrid, 1988; JIMENÉZ FRAUD, A.: Historia de la Universidad
Española, Madrid, 1991; La Residencia de Estudiantes. Visita
a Maquiavelo, Barcelona, 1972; y Residentes. Semblanzas y recuerdos,
Madrid, 1989; MORENO VILLA, J.: Vida en claro, México, 1976;
GINER de los RÍOS, B.: Alberto Jiménez Fraud (1882-1964),
México, 1964; SAENZ de la CALZADA, M.: La Residencia de Estudiantes,
1910-1936, Madrid, 1986; CRISPIN, J.: Oxford y Cambridge en Madrid,
Santander, 1981; CARO BAROJA, J.: "La Residencia y su director",
ABC, 28 de noviembre de 1987.
28 GINER PANTOJA, J.: "La educación
estética en la Institución", En el Centenario
de la Institución... p. 53.
29 NAVARRO, M.: Vida y obra de don Francisco
Giner de los Ríos, México, s.a., pp. 22-23
30 Ibid., pp. 20-21.
31. POSADA, A.: Breve historia…
pp. 92
32 PIJOAN, J.: op. cit., pp. 24-32.
33 El Club Peñalara nació en
el Instituto de Reformas Sociales y en su domicilio de la calle
de Pontejos y con la venia de su Presidente, Gumersindo de Azcárate,
celebró el 16 de octubre de 1913, la primera de sus reuniones.
34 Cfr., PENA, Ma C.: Pintura de paisaje o
ideología, Madrid, 1982; BERNALDO de QUIRÓS, C.: Guía
Alpina del Guadarrama, Madrid, s.a.; y Alpinismo, Madrid, 1923;
Los cantores de la Sierra, recopilación de J. Carda Mercadal,
Madrid, 1936.
35 Cit. por PIJOAN, J.: op. cit., p. 18.
36 NAVARRO, M.: op. cit., p. 29.
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