|
|
|
COMPROMISO
ÉTICO Y LUCHA POLÍTICA.
JOAQUÍN SAMA Y EL REPUBLICANISMO PACENSE.
Fernando
Sánchez Marroyo
1. Introducción.
Joaquín
Sama Vinagre fue ante todo un pedagogo, un hombre preocupado por
la reforma del sistema educativo. A esta actividad dedicó
toda su vida, prematuramente truncada, una vez abandonó su
breve incursión en el ejercicio de la abogacía (1).
Pero se trataba de educar a la sociedad española para modernizarla
y esta transformación había que encararla como un
proceso de dimensiones globales; por eso no podía dejar de
lado el compromiso político. Aunque no se trata, sin embargo,
de una figura con dedicación exclusiva a la vida pública,
de un político profesional, su actividad en este terreno
fue constante. Su vocación, precoz, se extendió, de
forma discontinua, y se desarrolló a lo largo de su breve
vida, hasta prácticamente el final de la misma. Su peripecia
pública apareció ligada siempre al republicanismo.
Sama fue, pues, también en este terreno, como no podía
ser de otra forma, un heterodoxo y, como tal, un perdedor. Su nombre
difícilmente figurará en las relaciones de políticos
triunfantes con incidencia en la vida de la comunidad, pero como
tantos otros, candidatos frustrados, hombre público a fin
de cuentas, debe ser considerado parte de la clase política
regional.
Hay
en su vida pública dos etapas bien diferenciadas, tanto por
las características de su actuación, como por el contexto
sociopolítico en el cual se desarrolló. Pero en última
instancia, por sus resultados, ambas etapas suponen un continuum,
tienen una identidad común: la frustración total de
sus expectativas. Porque Sama, como heterodoxo en su orientación
política, fue siempre un luchador enfrentado al sistema de
poder vigente. Hombre más de ciencia que de acción,
su peripecia política no fue especialmente brillante. Su
independencia, alabada por todos, era difícilmente admisible
en la práctica. Considerado "más republicano
científico que político" (2),
no encajaba bien en los recovecos de la lucha electoral.
Aunque
le tocó vivir en tres etapas políticas diferentes:
la monarquía de Isabel II, el Sexenio Democrático
y la Restauración, su actuación pública, por
razones de edad, se desarrolló en las dos últimas.
Cada una de ellas representó un intento de aclimatar en España
un modelo de legalidad liberal distinto. Aun con sus rasgos comunes,
diseñaron una realidad política dicotómica,
supusieron dos concepciones de la vida pública radicalmente
enfrentadas, al margen de coincidencias formales.
Durante
el Sexenio, en sus diferentes fases y modelos, se intentó
conseguir una profundización, en un sentido crecientemente
democrático, en el sistema de participación política.
Por el contrario, en la Restauración se optó por una
forma deliberadamente trucada en la que era posible hurtar, a través
de diversos mecanismos, el nivel de decisión del ámbito
de la voluntad popular para trasvasarlo al de la actuación
gubernativa, con el consiguiente falseamiento del proceso representativo.
Aunque
Sama abandonó pronto Extremadura, no perdió contacto
con ella. Los republicanos, críticos constantes del cunerismo
en lo que tenía de imposición a la voluntad de los
electores, recurrieron a él a la hora de presentar un personaje
de prestigio capaz de hacer frente a los retos de la lucha política.
2.
La vida política de Sama.
2.1. El contexto material: un ámbito territorial ruralizado
con peculiares circunstancias productivas.
La
vida pública de Joaquín Sama estuvo siempre ligada
a su comarca natal. Tanto en su experiencia municipal, como en los
diversos intentos para conseguir trascender este reducido marco
local y llegar al plano nacional, se movió en un ámbito
territorial muy restringido: Mérida.
El
distrito de Mérida, al que trató de representar en
el Congreso de Diputados en dos coyunturas políticas distintas,
comprendía veinte pueblos pertenecientes a los partidos judiciales
de Mérida y Alburquerque. Se trataba, por tanto, de un distrito
básicamente rural, con una población que vivía
de las actividades agropecuarias, dispersa en numerosos núcleos
de pequeña entidad demográfica. De acuerdo con el
censo de 1887, la media era de 2.500 habitantes y nueve de ellos,
casi la mitad, no llegaba a los 1.000. Sólo había
cuatro núcleos de relativa importancia (Mérida, Alburquerque,
San Vicente de Alcántara y Montijo) que concentraban el 60%
de la población. La principal localidad era la capital del
distrito, Mérida, que apenas sobrepasaba los 10.000 habitantes.
Era, pues, un ámbito campesino, tan excepcionalmente propicio
al control clientelar (3) como escasamente adecuado
para el libre ejercicio de la soberanía que, además,
tenía un nivel de analfabetismo muy alto. El 63% de los electores
no sabían leer ni escribir (4) valor
que resultaba ligeramente superior a la media provincial.
En
este contexto ruralizado, la penetración y aceptación
del discurso republicano encontró siempre grandes dificultades
por la persistencia de las tradicionales lealtades clientelares.
Esta realidad estuvo presente tanto cuando se restringió
el derecho del sufragio, reservándolo a una minoría
de propietarios acomodados, escasamente sensibles a las connotaciones
sociales del más genuino republicanismo, como cuando se amplió
el cuerpo electoral y se introdujo una gran masa de menesterosos.
Porque objetivamente el restablecimiento del sufragio universal
al aumentar, a partir de 1890, el porcentaje de electores hasta
el 23 % de la población, reintrodujo en el juego político
a una clientela potencial de los planteamientos heterodoxos, formada
por una gran masa de campesinos modestos y jornaleros.
Excepcionalmente,
en dos localidades del distrito, en el partido judicial de Alburquerque,
se daban unas circunstancias que suponían una cierta ruptura
con respecto a las características productivas dominantes
que conferían su homogeneidad a la comarca, lo que tuvo una
innegable repercusión a la hora de condicionar comportamientos
sociales y políticos. En estos lugares, sin romper la dependencia
de gran parte de la población con respecto de la actividad
agropecuaria, desde mediados del siglo XIX se fue desarrollando
una floreciente industria corchotaponera. La trascendencia del hecho
no radica sólo en lo que conllevó de transformación
del sistema productivo con la consiguiente introducción de
nuevas formas de relaciones laborales, sino también en las
propias modalidades de gestación del proceso. Porque no se
trató de un proceso gestado desde el interior, sino que en
su despliegue intervinieron elementos foráneos, portadores
de la técnica y del capital. Fue por tanto un instrumento
que favoreció la renovación y el cambio de mentalidades.
No debe sorprender, por tanto, que siempre, en los círculos
más tradicionales, se consideró a la industria corchotaponera
como la vía de penetración de ideas de disolución
social en el cerrado ámbito rural extremeño (5).
Este
floreciente enclave, uno de los más notables de Extremadura
junto a Jerez de los Caballeros, entró en crisis a finales
de siglo ante la fuerte competencia de la producción foránea
que terminó desalojando a la manufactura española
de los mercados internacionales (6). Se gravaba en los países
no productores de corcho la entrada de tapones, el producto más
genuino de la manufactura local y, además, estos mismos países
compraban el corcho en bruto en España para abastecer a su
propia industria y elaborar in situ los derivados corcheros. El
corcho salía de España con débiles derechos
de exportación, produciéndose entonces una contradicción
de intereses entre los productores, básicamente los grandes
terratenientes, y los transformadores, los obreros corchotaponeros.
Estos veían lesionados sus intereses y organizaron frecuentes
actos de protesta, pacífica (7)
o no, mientras tanto los dueños de los alcornocales, vendedores
de la materia prima, hacían el negocio del siglo.
Por
otra parte, como se ha apuntado, se puede hablar de que se trataba
de un sector que de forma precoz estaba excepcionalmente penetrado
por el capital no extremeño, básicamente extranjero.
A los catalanes, tradicionales usufructuarios de la comercialización
del corcho, disputaban el mercado otros personajes foráneos.
Era una realidad característica de la parte occidental de
Extremadura (8), de las comarcas fronterizas
con Portugal, país con unas seculares relaciones económicas
con Inglaterra. Los negociantes ingleses no sólo controlaban
el mercado del corcho, sino que también eran dueños
de los centros de elaboración y producción taponera.
Desde su residencia en Portalegre, la familia Robinson controlaba
la comercialización y producción corchera de la zona
(9). La concentración de las fábricas
en San Vicente y Alburquerque hacía a su población
extraordinariamente dependiente de las fluctuaciones del negocio
corchotaponero, en estrecha relación con la evolución
del mercado internacional.
Estas
circunstancias determinaron el que la zona de Alburquerque conociese
una notable y precoz conflictividad obrera. Al margen de las tensiones
derivadas de los crónicos problemas de los baldíos
(10), la concentración corchera y las
dificultades que afectaron al sector a fines del XIX desataron diversos
conflictos. Tuvieron lugar aquí, en los inicios de la Restauración,
las que se pueden considerar pioneras huelgas de la Historia de
Extremadura, movimientos sociales verdaderamente contemporáneos
(11).
Desde
los primeros momentos de la experiencia democrática abierta
en 1868, se fue consolidando en las dos principales localidades
de la comarca (Alburquerque y San Vicente de Alcántara) una
fuerte presencia republicana. En Alburquerque ya en las elecciones
municipales de diciembre de 1871 todos los concejales fueron republicanos.
Esta tradición sobreviviría no sólo al Sexenio,
sino también a la propia Monarquía, que toleraría
el protagonismo local de los republicanos, aislados en el contexto
de un distrito caracterizadamente rural y, por tanto, fácilmente
controlable. Además, desde el principio la división
fue la norma. Así, en las elecciones de abril de 1872 no
fue posible el acuerdo y aparecieron como candidatos por Mérida
José Moreno Baylen, que se retiró, y el diputado provincial
César González, propuesto por San Vicente de Alcántara.
2.2.
Sama y la lucha política: una experiencia frustrada.
En
el contexto de la España decimonónica, el proceso
de selección del personal político, formalmente dependiente
de la voluntad de los ciudadanos (cuyo número varió
en función del grado de apertura del sistema), era, en la
práctica, un expediente artificial que convertía a
la representación en un monopolio en manos de reducidas familias
que tradicionalmente la usufructuaban, heredando los cargos, incluso
los electivos, como se hereda el patrimonio (12).
Estos rasgos, generales a la España rural, alcanzaban en
Extremadura su expresión más depurada. El distrito
de Mérida venía siendo controlado, desde la etapa
isabelina, por notables comarcales. Y Sama, aunque lo intentó
de manera reiterada, no pudo romper esta constante que continuaría
hasta el fin de la monarquía constitucional en 1923.
Sama
pertenece al grupo de españoles herederos de la tradición
de la Revolución de 1868, momento en el que inició
su vida pública, efímera experiencia pronto frustrada.
Desde el primer momento, joven aún, apareció comprometido
con la obra del Sexenio Democrático y fue vocal, en octubre
de 1868, de la Junta Revolucionaria de San Vicente de Alcántara,
juez municipal y alcalde desde el 1º de enero de 1869. En las
elecciones locales celebradas en diciembre del año anterior
había resultado elegido concejal. Esta pionera experiencia
de hombre público, la única en la que alcanzaría
responsabilidades de gobierno, terminó de manera accidentada.
Lo
que sabemos de su actividad muestra el profundo utopismo que guiaba
su gestión, la desconexión con la realidad del momento.
Su negativa a autorizar el establecimiento de un cuartel de la Guardia
Civil en el pueblo (13) es una buena prueba
de ello, ya que la evolución de los acontecimientos a lo
largo del Sexenio demostró la necesidad de las fuerzas de
orden público, a las que los gobernantes republicanos debieron
recurrir para controlar la situación. Porque el rasgo más
característico del sistema de propiedad de San Vicente de
Alcántara era, precisamente, el dominio de la gran explotación
(14) y, con ello, la existencia de tremendos
desequilibrios patrimoniales, siempre propicios, por las características
fluctuaciones estacionales y cíclicas de la producción
agropecuaria, a generar malestar social y tensiones públicas.
Fue
Sama un alcalde que mostró, en el corto periodo durante el
cual ejerció el cargo, una gran sensibilidad social, reflejada
en su constante preocupación por el bienestar de los humildes.
En una coyuntura especialmente conflictiva, derivada de una aguda
crisis de subsistencias, invierno de 1868-69, trató de conseguir
que los mayores contribuyentes prestasen ayuda para atender a los
obreros necesitados. Además pretendió institucionalizar
esta práctica asistencial mediante la creación de
una caja de socorros, capaz de hacer frente a las crónicas
crisis de trabajo que periódicamente comprometían
la vida de los humildes. Porque, desde el punto de vista social,
el precario equilibrio del sistema productivo, que originaba un
agudo paro estacional, se rompía por la incidencia negativa
de circunstancias climatológicas que interferían los
esperados rendimientos agrarios, agravando con ello la situación
alimentaria, generando, en definitiva, los últimos vestigios
de las tradicionales hambrunas, especialmente de los asalariados,
pero también de los campesinos modestos.
Se
interesó, además, por algo que tendría una
gran trascendencia, las ocultaciones de tierras (15).
Patrocinó una iniciativa que debió inquietar sobremanera
a los poderosos: puesta a punto de un catastro, que supliese las
deficiencias del sistema de amillaramientos, tan propicio al fraude
tributario. Pero eran realidades que trascendían el voluntarismo
bienintencionado, superaban su capacidad de actuación y al
mismo tiempo lo convertían en un personaje incómodo
para las fuerzas sociales hegemónicas.
Como
decimos, su primera fase como político, su aventura municipal,
terminó de manera accidentada. Se vio implicado, indirectamente,
en los sucesos de octubre de 1869, en la intentona republicana que
tuvo lugar en todo el país a comienzos de ese mes (l6). Aunque
su actuación en los incidentes del día 11 fue de contención
de la agitación popular, tranquilizando los ánimos
e impidiendo que los hechos alcanzaran mayor entidad, y por ello
fue exonerado de responsabilidades penales en el expediente que
se incoó para averiguar los hechos, el coste político
fue irreversible y fue destituido de la responsabilidad municipal.
En
la provincia de Badajoz el movimiento subversivo no alcanzó
especial relevancia, lo que no impidió que se viesen afectados,
pueblos y personas, por sus repercusiones represivas. El 5 de octubre,
el Comandante General de la División Militar de Extremadura
declaró el Estado de Guerra. Incidentes aislados se conocieron
en diversos puntos de la región, aunque las autoridades controlaron
sin dificultades la situación y la intentona republicana
se saldó con numerosas detenciones.
San
Vicente de Alcántara fue una de las localidades extremeñas
que más se vio afectada por los sucesos. El notable protagonismo
republicano fue el caldo de cultivo que propició aquellos
episodios de violencia rural. La prensa de la época se refirió
de manera amplia a los hechos. Los ánimos se fueron tensando
hasta desembocar en un estallido final. El día 8 de octubre
se hablaba de la existencia de rumores de acontecimientos desagradables
en San Vicente de Alcántara, que se consideraban sin fundamento
(l7). Sin embargo, los hechos confirmaron la gravedad de la situación.
Las
autoridades judiciales fueron más rotundas desde el principio.
El juez de Primera Instancia de Alburquerque comunicaba a la Audiencia
Territorial de Cáceres, en carta recibida el 12 de octubre,
que San Vicente de Alcántara estaba en gran efervescencia
y en conato de rebelión (18). Al día siguiente llegaba
otro comunicado que avisaba del estallido de la crisis: en la localidad
se había roto el fuego entre paisanos y carabineros. El mismo
juez aclaraba, poco después, que se había tratado
de una alteración del orden en sentido republicano.
Efectivamente,
el 11 de octubre alcanzó la crisis su culminación.
Ante el traslado a Badajoz de los detenidos, sospechosos de estar
implicados en la intentona republicana, grupos de vecinos manifestaron
su malestar (19). En este contexto de fuerte tensión se produjo
el estallido de los desórdenes públicos y la fuerza
de carabineros destacada en la localidad (como núcleo fronterizo)
hizo fuego. A consecuencia del tiroteo se produjo un muerto (un
pacífico empleado de la casa Bucknall) y varios vecinos resultaron
heridos (20). Se enviaron más fuerzas y el Gobernador Civil
de la provincia se trasladó a San Vicente de Alcántara,
encargándose personalmente de controlar la situación.
Resultado de todos estos incidentes fue la destitución, ese
mismo día, de Sama como alcalde. Sin embargo, el hecho de
que fuera exonerado de responsabilidades penales parece confirmar
que su actitud ante los revoltosos fue de apaciguamiento. En la
mañana de ese día se destacó precisamente por
intentar controlar la situación, tranquilizando los ánimos
de los exaltados.
Este
accidentado final de su peripecia como hombre público no
desanimó a Sama ni le hizo abandonar la lucha política.
Es más, elevó el tono de sus aspiraciones y del ámbito
municipal, estrictamente local, pasó al nacional. A pesar
de su juventud se había convertido en una de las más
importantes figuras del republicanismo pacense. Una vez aprobada
la Constitución de 1869 e institucionalizada la actuación
política, se decidió a participar en las elecciones
parlamentarias, aspirando a conquistar el escaño de Diputado
a Cortes por el distrito de Mérida.
De las diversas consultas al cuerpo electoral que conoció
la etapa, Sama sólo participó en unas, en las de agosto
de 1872, que fueron las últimas del Reinado de Amadeo l.
Bajo el Gobierno del radical Ruiz Zorrilla y en un ambiente de creciente
deterioro del régimen tuvieron lugar las segundas elecciones
generales del año. Desde el primer momento sonaron los nombres
de varios candidatos, adictos y de distintas oposiciones. En el
campo antidinástico la presencia de la candidatura de Sama
no apareció de forma indiscutida. Como aspirante republicano
figuró precozmente, en este contexto inicial de mero tanteo
de posibilidades, José Moreno Baylén, una de las más
caracterizadas figuras del republicanismo pacense (21), que debía
enfrentarse al antiguo moderado y ahora alfonsino, Cipriano Piñero
(22) y al radical Carlos Botello del Castillo. Después aparecieron
otros más, pero definitivamente las candidaturas que se disputaron
el escaño, en unas elecciones con fama de limpias por contraste
con las anteriores que había dirigido Sagasti (23), fueron
las de Piñero, como alfonsino, y Joaquín Sama, como
republicano federal. El primero obtuvo la victoria en una reñida
votación (24).
El
de Mérida fue uno de los pocos distritos en el que los partidarios
del príncipe Alfonso, que por primera vez se presentaban
con esta etiqueta, no sólo abandonaron la postura de retraimiento
generalizado sino que también vencieron, en unas elecciones
que contemplaron un abultado éxito radical y en las que hasta
el propio Cánovas se vio derrotado. Este resultado refleja
la sólida vigencia de los mecanismos de control político
en manos de las fuerzas sociales tradicionales en el mundo rural
y la dificultad para los republicanos de romper, incluso en un contexto
de libertad política, el entramado de relaciones clientelares.
La
gran oportunidad de Sama hubiese estado en las elecciones de mayo
de 1873, bajo gobierno republicano. El retraimiento generalizado
de alfonsinos, constitucionales y radicales originó una elevadísima
abstención y permitió una abultada victoria del republicanismo
en toda España. Como en la mayoría de los distritos,
en el de Mérida no hubo lucha. Pero Sama dejó el lugar
al médico de Alburquerque, el también republicano
federal Miguel Alcantú (25), que resultó elegido.
Clausurada
la experiencia democrática con el golpe del general Pavía
y marginados los republicanos en los primeros años de la
Restauración, la actuación pública de Sama
se eclipsó durante más de una década. Volvería
a reaparecer a raíz del restablecimiento del sufragio universal,
en el que tanto confiaban los republicanos. Ahora bien, entre la
primera fase de su actividad pública, la que se desarrolló
durante el Sexenio Democrático, y la que ahora, a partir
de 1876, se abría existía una diferencia fundamental
en la forma de concebir la vida pública que iba a tener profundas
repercusiones sobre la función representativa.
En
el plano estricto de la peripecia vital de Sama, el cambio de régimen
político coincidió con su abandono de Extremadura
y el traslado definitivo a Madrid, como profesor de la Institución
Libre de Enseñanza. Este abandono no supuso que se desligara
de su región natal, que perdiera interés por los asuntos
de su tierra, con la que iba a mantenerse en contacto permanente
hasta el final de sus días. No obstante, en estos primeros
momentos Sama no era un personaje especialmente conocido ni en el
ámbito general extremeño, ni en el contexto estricto
del republicanismo pacense, como lo pone de manifiesto el hecho
de que Nicolás Díaz y Pérez, tan celoso difusor
de todas las glorias regionales, sobre todo de las que se movían
en el campo heterodoxo, no lo incluyera en su conocido, y discutido
Diccionario Biográfico, publicado a partir de 1884 (26).
Tampoco en otra obra clásica del republicanismo del siglo
XIX, la de Rodríguez Solís (27), se hace mención
a Sama como figura destacada en alguna de las familias del partido.
Una
vez aprobada la Constitución en 1876 y tras superar una etapa
de dificultades en la primera fase del nuevo régimen, consecuencia
de su inicial carácter represivo, los republicanos, a pesar
de que se había reintroducido el sufragio censitario, volvieron
a estar presentes en los procesos electorales, aunque centraron
sus esfuerzos en la circunscripción de Badajoz y, de forma
esporádica, en algún distrito rural. No obstante,
en estos primeros momentos de la Restauración, el movimiento
antidinástico debió hacer frente a varios retos. Por
un lado definir sus tácticas de acceso al poder, que se movían
todavía en una confusa situación, que conllevaba un
ambiguo posicionamiento ante la violencia y, de ello fue testigo
excepcional, en agosto de 1883, la propia provincia de Badajoz.
Por otro lado, lo más difícil, superar su crónica
división, fruto, sobre todo, de un acusado personalismo (28),
que sería elemento consustancial de la peripecia decimonónica
del republicanismo nacional.
Fue,
paradójicamente, en la etapa del sufragio censitario cuando
no sólo se alcanzó un éxito electoral sino
que, además, se consolidó la presencia parlamentaria
del republicanismo en Badajoz y se lograron los mejores resultados,
eso sí en clara connivencia con las autoridades dinásticas.
Se originó así una confusa situación que conviene
situar en su verdadero contexto para evitar equívocas interpretaciones
y calibrar su significado real. Se trata del «fenómeno»
Baselga (29), un ejemplo casi único en la España decimonónica
(30). Aunque una buena parte de las dispersas fuerzas republicanas,
disconforme s con el trato legal recibido, defendieron con frecuencia
la inhibición del proceso electoral, otras, más posibilistas,
optaron por aceptar el modesto papel que ofrecía el sistema
a los menos escrupulosos.
En
realidad, a lo largo de toda la etapa, políticamente los
republicanos alternaron su actitud entre el retraimiento y la participación,
a tenor de la mayor o menor tolerancia del Gobierno con los partidos
antidinásticos. Las etapas de dominio conservador eran más
propicias al retraimiento (como ocurrió en una fecha tan
tardía como 1896, cuando ni el propio Baselga quiso participar).
Pero
la gran esperanza de los republicanos estaba depositada en el restablecimiento
del sufragio universal, en cuya virtualidad política mostraron
una gran confianza. Era considerado un derecho político anterior
y superior a toda ley y la más alta de las conquistas del
progreso. Recuperado en 1890, en las primeras elecciones a Cortes
que se celebraron bajo la nueva norma, al año siguiente,
Sama reapareció en la vida política provincial. Al
margen, continuaba en la circunscripción de Badajoz, donde
aparentemente ofrecía el sistema electoral más posibilidades
por las peculiaridades del voto restringido, la división
y el enfrentamiento más descarnado entre Baselga y los otros
republicanos, salmeronianos y federales.
Los
republicanos eran conscientes de que los gobiernos favorecían
determinadas candidaturas republicanas para introducir el cisma
en el campo antidinástico y el desconcierto entre sus seguidores.
Se admitía que siempre había alguien al lado del que
mandaba. El caso de Baselga fue paradigmático y su final
político la confirmación de los augurios de sus más
acusados enemigos.
Iniciaba,
pues, en 1891 Sama, ya en la última fase de su recorrido
vital, la segunda, y breve, experiencia de su vida pública,
la de más altas aspiraciones y, paralelamente, la de más
intensas frustraciones. Resulta un hecho significativo acerca de
las características del sistema político de la Restauración
que en sus cuatro intentos de conseguir el escaño parlamentario,
separados por más de 20 años, sólo se enfrentó
a dos opositores, muestra del notable grado de continuidad de las
elites políticas y lo cerrado, lo impermeable del sistema
de poder: el general Castro (31) (1891 y 1894) y Cipriano Piñero
(1872 y 1893). En este caso se trataba, además, de dos notables
locales, con importantes redes clientelares en la comarca.
Los
republicanos conocían bien, su prensa lo repetía constantemente,
que sin el apoyo del Gobierno no había salvación,
"los candidatos saben que las elecciones no se hacen en los
comicios, sino en el Ministerio de la Gobernación, saben
que el que lucha contra las influencias oficiales tiene una probabilidad
de triunfo contra noventa y nueve" (32). En las ciudades el
control político resultaba más difícil, por
eso la Restauración creó las circunscripciones, en
las que el voto urbano resultaba "ahogado" por el entorno
rural. Fracasada la propuesta de Moret, que en su juventud patrocinó
la idea de independizar las ciudades del ámbito rural, los
republicanos sabían que había poco que hacer. Por
eso
no era de extrañar que los menos escrupulosos, los que anteponían
a cualquier consideración el disfrute del poder, recurriesen
descaradamente, ante la repugnancia de los más sensibles,
al favor ministerial (33.)
Puestos
ante la inapelable realidad de su constante inferioridad en las
urnas, los republicanos terminaron defendiendo, como elemento legitimador
de su superioridad moral, un principio que, mal interpretado, pudiera
entenderse como escasamente democrático: la calidad de su
voto (34). Se cuestionaba, por tanto, al poner en duda la autenticidad
del sufragio, el fundamento político del principio de la
mayoría.
A
pesar de la clara coincidencia de estas limitaciones, como se ha
apuntado, las ilusiones depositadas en el nuevo sistema electoral
eran grandes. A la alta consideración política, "el
sufragio universal es el derecho sagrado que confunde al sabio con
el ignorante, al rico con el pobre, al hijo de populosa ciudad con
el vecino de humilde aldea, es la emancipación justa y perfecta
de las clases desvalidas" (35), se unía la esperanza
de ver mejorar con su restablecimiento las posibilidades electorales
del republicanismo. Se atribuía al sufragio censitario la
mala fortuna en las urnas de los antidinásticos y se creía
que una vez el pueblo recuperara su protagonismo político
cambiaría la suerte de los republicanos.
El
optimismo por la introducción del sufragio universal, no
impedía comprobar, sin embargo, que antes de las elecciones
generales de 1891 ya había indicios que llevaban al pesimismo.
Existían precedentes de lo que iba a pasar. Pronto se iban
a ver cuestionadas todas las esperanzas e ilusiones, porque antes
de los comicios generales se celebraron, en diciembre del año
1890, unas elecciones provinciales que supusieron un aviso de lo
que iba a ocurrir en el plano nacional, mostraron cuál iba
a ser el comportamiento futuro del Gobierno con respecto al libre
ejercicio del sufragio universal. El tradicional intervencionismo
oficial, previo al acto de la votación, y desvirtuador de
todo el proceso, seguiría siendo la norma. En realidad, dada
la perversión generalizada del sistema, las nuevas autoridades
(conservadoras) no podían ser neutrales, porque ésto
no supondría entregar el poder al pueblo soberano, sino dejar
en manos del partido saliente (liberales), que controlaba los Ayuntamientos,
la decisión última sobre los resultados.
Ya
en agosto de 1890, al poco tiempo de formarse el nuevo Gobierno
de Cánovas comenzaron las maniobras para desmantelar la estructura
levantada por los sagastinos en el ámbito municipal en sus
casi cinco años de ejercicio del poder. El Gobernador Civil
de Badajoz empezó a exigir a los alcaldes liberales el abandono
del cargo (36). Ahora bien, como era normal cuando del disfrute
de prebendas públicas se trataba, en muchos casos no hizo
falta ningún tipo de actuación. Desaparecido el Gobierno
Sagasta, se produjeron instantáneas conversiones y precipitados
cambios de fidelidad política y el que ayer aparecía
como rancio liberal ahora lo hacía como furibundo conservador.
Con ello se garantizaban los notables locales la perpetuación
de las influencias.
Por
ello la prensa republicana, sólidamente implantada en la
ciudad de Badajoz, denunció constantemente los abusos del
régimen para imponer a sus candidatos y hurtar así
la libre manifestación de la voluntad popular. La sinceridad
electoral pregonada por el Gobierno se consideraba un escándalo.
Con motivo de la llamada que hizo a la capital, en el verano de
1890, el Gobernador Civil de Badajoz al alcalde liberal de Villanueva
de la Serena para exigirle su dimisión, aparecía en
un periódico republicano de la ciudad un comentario muy significativo:
"por sus antecedentes ya se viene en conocimiento de lo que
serán las próximas elecciones en la provincia de Badajoz.
Una verdadera comedia que deje recuerdo en los anales de nuestras
costumbres electorales. A eso se reduce por ahora toda la política
del Gobierno conservador, a desprestigiar el sufragio universal"
(37). Fueron continuas las referencias a los manejos del Gobernador
Civil de Badajoz para facilitar la elección de los candidatos
oficiales.
En
estas primeras elecciones provinciales con sufragio universal de
diciembre de 1890 venció, sin problemas, el Gobierno en los
cuatro distritos pacenses en los que correspondía la renovación
bienal, entre los que no figuraba el de Mérida. En el campo
antidinástico solo los baselguistas se atrevieron a luchar
y con la benevolencia oficial lograron un puesto, Antonio Gutiérrez
Llovio, en una Diputación férreamente controlada por
los partidos monárquicos.
Sin
embargo, a pesar de la constatación de la pervivencia de
las manipulaciones gubernamentales, sorprendentemente en las elecciones
de 1891 se admitía que los abusos más sangrantes,
los que tenían lugar antes del acto de la votación,
destinados a preparar el terreno a los candidatos oficiales (cambios
de Ayuntamientos), no se daban en el distrito de Mérida-Alburquerque,
"donde por haber un político serio y honrado no se ha
tocado que sepamos a ningún Ayuntamiento", porque, además,
se enfrentaban dos candidatos, que eran "personalidades dignísimas
que si pueden diferir esencialmente en doctrina política
no difieren ciertamente en la conducta de templanza, rectitud y
honradez en todos sus actos" (38). Parece claro que al Gobierno
no le preocupaba excesivamente el candidato republicano y, en todo
caso, pensaba vencerlo con recursos menos aparatosos, a partir del
control clientelar en los pequeños municipios.
La
preparación de la elección se hacía por parte
de los republicanos con gran minuciosidad, eran sumamente cuidadosos,
evitando lo que consideraban prácticas poco ortodoxas, incompatibles
con una sociedad libre, de los partidos dinásticos a la hora
de designar las candidaturas. Los antidinásticos tenían
a gala elegir democráticamente a sus candidatos, aunque siempre
se trataba de personalidades notables, cuyos nombres se lanzaban
previamente. Es evidente que había una preparación
del terreno, pero la decisión última la tomaba la
asamblea. De esta forma Joaquín Sama Vinagre fue nominado
candidato por el distrito de Mérida- Alburquerque en antevotación,
celebrada, el día 28 del mes de diciembre de 1890, en Villar
del Rey, por 20 representantes de todas las tendencias republicanas
de los pueblos del distrito (recibió 11 votos por 8 de
Carlos Pérez Toresano) (39.)
Incorporado
a la lucha política, Sama fue cumpliendo todos los pasos
del ritual electoral. Días más tarde de su nominación,
y una vez aceptada ésta, publicó un manifiesto a los
electores del distrito. Se trata, como era habitual en este tipo
de escritos, de un documento muy genérico y retórico,
sin grandes compromisos ni formulaciones doctrinales y con alguna
inexactitud de indudable oportunidad política, en el que
lo más destacable, al margen de prometer defender su tierra
y país, era que se declaraba "independiente de los jefes"
y se ofrecía "con espíritu patriótico
levantado, con más amor a la causa impersonal de la República
que predilección por las jefaturas que dividen y perturban,
enervan y matan hoy al partido republicano y al país".
Justificaba de manera -contundente el sentido que tenía la
exigencia de independencia: "los personalismos y las jefaturas
personales hicieron olvidar que lo incontrovertible y eterno son
los principios y las ideas" (40).
En
última instancia, era una forma de hurtar la polémica,
pasando como sobre ascuas y evitando decantarse por alguna opción
concreta y entrar así en el delicado asunto de la división
de las fuerzas republicanas, que en la circunscripción de
Badajoz alcanzaba especial virulencia. Sama no quería fragmentar
aún más el precario consenso alcanzado, introduciendo
nuevos motivos de enfrentamiento con una inoportuna declaración
de afinidad a una de las diversas corrientes que atomizaban el movimiento
republicano. Esta cantada independencia permite explicar la escasa
cobertura informativa en la prensa republicana de la candidatura
de Sama, en un momento en que había una notable floración
periodística en Badajoz.
Se
trataba de aunar esfuerzos, porque debía disputar el escaño,
como candidato de oposición, al aspirante oficial, el todopoderoso
general Castro. Sama, una vez propuesto como candidato, se embarcó
en una intensa actividad propagandística y se dedicó
a recorrer los pueblos del distrito: El sufragio universal comenzó
a popularizar el mitin, del que los republicanos fueron los máximos
difusores.
Esta
vuelta a la política se saldó con una nueva derrota.
En una carta remitida a la prensa tras los comicios analizaba Sama
las causas del fracaso. Después de resaltar el triunfo en
las grandes poblaciones, atribuía a la incultura y al miedo
a los caciques la derrota en los pueblos pequeños (41). Este
análisis resulta certero, refleja bien que los republicanos
conocían el funcionamiento del sistema y con ello sus insalvables
limitaciones. En estos casos lo de menos son los resultados concretos,
no tiene sentido aplicar a estos comicios minuciosos análisis
de contabilidades de votos, lo más interesante es conocer
su distribución local. Ya estas elecciones mostraron lo que
sería una constante para el futuro. En este sentido, el Gobierno
toleraba el triunfo republicano en sus feudos tradicionales (Alburquerque
y San Vicente de Alcántara (42)), pero lo compensaba sobradamente
en los demás núcleos, fieles a las indicaciones oficiales
(43). En definitiva, para cubrir las apariencias, se permitía
en algunos núcleos la victoria republicana que quedaba luego
ahogada en los pueblos que los caciques dinásticos controlaban
férreamente.
Esta
derrota en el plano de la representación nacional de los
republicanos del distrito de Mérida encontraba una modesta
compensación en los pequeños éxitos conseguidos
en el ámbito provincial y local. En las elecciones provinciales
de septiembre de 1892, las primeras de este tipo que se celebraban
con sufragio universal en este distrito, los republicanos volvieron
a luchar y lograron colocar a un diputado por las minorías,
Carlos Pérez Toresano, precisamente el rival de Sama. La
situación era todavía más favorable en el plano
municipal. En las elecciones municipales de 1893 los republicanos
lograron empatar con los monárquicos en Alburquerque.
Sama
quedó, de manera definitiva, ligado políticamente
al distrito de Mérida. En Alburquerque, en una reunión
celebrada el 14 de diciembre de 1892, a fin de renovar la junta
de coalición republicana, se nombró a Sama presidente
honorario (44). Esto muestra que se le consideraba ya uno de los
pilares dentro del republicanismo provincial.
Las
elecciones de 1893, convocadas por un Gobierno liberal, ofrecieron
una nueva oportunidad a aquellos republicanos que, si bien conocían
ya como funcionaba el sistema, no desmayaban en su intento de lograr,
sin ningún tipo de apaño, la representación
parlamentaria o, en todo caso, trataban de aprovechar la ocasión
para difundir sus ideas. Como era práctica habitual, meses
antes de la llamada a las urnas comenzaba la tarea de preparación
de las candidaturas. A mediados de enero de 1893 la prensa republicana
animaba a sus seguidores a la lucha y ofrecía una relación
de nombres notables para encabezar las candidaturas en los distritos,
"sin pretensión de imponer nuestro criterio y sólo
para que éste sirva para estimular discusiones ulteriores”
(45)s. Enemigos acérrimos de una de las prácticas
más características de los partidos dinásticos,
siempre proclives a aceptar la imposición desde Madrid de
hombres extraños a los distritos (cuneros), en esta ocasión
los republicanos, que recurrían también a forasteros,
hicieron una peculiar distinción, "no se objete que
son cuneros, pues los hombres de esa talla son nacionales".
Para Mérida se proponía a Joaquín Sama Vinagre.
Una reunión en el Casino Republicano de Badajoz el 11 de
febrero de 1893 lo designó por unanimidad candidato por Mérida
(46). Sin embargo, no todos los republicanos aceptaron esta decisión.
Surgieron rumores de que se habían trasladado al distrito
de Mérida las disensiones características de la circunscripción
(47) y los zorrillistas apoyaban a los fusionistas. Eran los enfrentamientos
tradicionales del republicanismo pacense. Justo ahora que las perspectivas
parecían buenas, pues en un primer momento se disputaban
el distrito tres candidatos dinásticos: el general Castro,
Cuesta y Cipriano Piñero.
Se
confiaba, además, que los liberales fueran más escrupulosos
en las cuestiones electorales que los conservadores. Pero pronto
se comprobó que la sinceridad electoral de los fusionistas
era tan grande como la de los canovistas. Tras diversas disputas,
quedó como único candidato monárquico el liberal
Cipriano Piñero Salguero (viejo rival de Sama), que ya en
la etapa final de su vida pública, había realizado
un último viraje político. El general Castro al retirarse
de la lucha dejó en libertad a sus amigos, lo que dio pie
a rumores de que apoyaba a los republicanos de Mérida (48).
A
pesar de su derrota, Sama logró un buen resultado, no tanto
por el número de votos conseguidos (3.846 frente a los 4.626
del vencedor), cuanto por su distribución. Porque venció
en los principales núcleos: Mérida, Alburquerque,
Montijo y San Vicente de Alcántara. De hecho, las primeras
noticias, procedentes de las localidades más importantes,
eran favorables a Sama, cuya victoria se consideraba segura. Sin
embargo,
en los pueblos pequeños, el voto masivo fue para Piñero
(49). Quedaba claro que el Gobierno liberal actuaba en este terreno
como el conservador. En estas elecciones, la propaganda republicana,
siempre orientada a las clases populares, comenzó a incidir
en su vocación obrerista (la ampliación del sufragio
introdujo en la lucha política a grandes masas de trabajadores),
insistiendo en la idea de que "la República está
al lado del obrero” (50). Esto no dejó
de ocasionar problemas y los antidinásticos tuvieron que
defenderse de los ataques monárquicos: su propaganda ni era
demagógica ni socialista.
El
movimiento republicano pacense, aunque continuaba preso tanto de
su crónica división como de los enfrentamientos personales,
conoció tras estas elecciones una etapa de breve e intensa
actividad internacionalista. En junio de 1893 se celebró
un encuentro en Badajoz de republicanos españoles y portugueses
con presencia, entre otros líderes destacados, de Salmerón
y Sebastián Magalhaes Lima. En realidad el encuentro, que
originó algún incidente político (51),
sirvió para mostrar que el republicanismo portugués
estaba tan desorganizado y fragmentado como el español y
esta reunión no logró superar las diferencias. Los
españoles tampoco se esforzaron por ocultar sus discrepancias;
retraídos los progresistas y federales, sólo concurrieron
los centralistas. Este deplorable ejemplo fue aprovechado por las
fuerzas conservadoras para cuestionar la bondad del proyecto antidinástico:
"aquellos mismos hombres que
no pudieron o no supieron contener las demandas del pueblo y que
echaron sobre España uno de los borrones más grandes
que registra la Historia, son los que ahora se ofrecen al país
como la única tabla de salvación y los que dando al
olvido sus pasados errores y las desgracias que ocasionaron a la
patria no reparan en achacar a la monarquía todos los males
que el país sufre" (52).
La
muerte de Cipriano Piñero, a fines de 1893, obligó
a elecciones parciales en el distrito de Mérida en mayo de
1894. El candidato encasillado fue el general Castro, conservador,
aunque en realidad su adscripción política era la
de amigo personal del general Martínez Campos (campista),
que por aquel entonces acababa de cambiar de partido. Antonio Pacheco
Lerdo de Tejada, que poco después se convertiría en
dueño del distrito durante dos décadas, desistió,
en el último instante, de presentar su candidatura. En un
primer momento también apareció como aspirante Valentín
Suárez Quintero, que fue Alcalde de Mérida y entonces
era Catedrático del Instituto de Badajoz.
El
día 13 de mayo de 1894 se celebraron las elecciones parciales
del distrito de Mérida. El General José de Castro
López obtuvo una abultada victoria (6.095 votos frente a
los 1.912 de Sama). Este, como era tradicional, venció en
su pueblo San Vicente de Alcántara. Pero fue la única
excepción, ahora se afinaron los controles para impedir sobresaltos.
En los otros grandes núcleos, incluido el republicanísimo
Alburquerque, ganó el general Castro. De los veinte pueblos
del distrito, en seis no logró Sama ningún voto y
en ocho sacó menos de 10 (53).
Esta
tercera derrota consecutiva, que por su rotundidad suponía
un verdadero retroceso, afectó profundamente a Sama que dio
rienda suelta a su amargura. Días después de los comicios
publicó una carta llena de autocrítica. Manifestaba
también su impotencia, el republicanismo necesitaba una organización
armada para hacerse respetar. Sobre la compra de votos, echaba de
menos que los republicanos no hubiesen organizado el socorro permanente
de los necesitados, "el que recibiera beneficios de sus coasociados,
echaría sus cuentas antes de recibir las dádivas electorales"
(54). Se dolía además de que
los republicanos dejasen al cuerpo electoral en la más absoluta
ignorancia, de modo que el elector inculto podía ser fácilmente
seducido por el cacique hábil e interesado. Advertía
también de los graves riesgos que podían aparecer
en el futuro. Negro panorama el que dibujaba en la que sería
su última comparecencia política, reflejo tanto del
desánimo por la nueva derrota, como de la impotencia por
la persistencia de la división y el enfrentamiento entre
los republicanos.
Los
monárquicos por su parte no descuidaron ningún detalle
para favorecer al candidato oficial. Se coaccionaba a los electores
y se impedía la difusión de las ideas republicanas.
Por un lado los agentes del alcalde de Mérida iban de casa
en casa buscando electores (55); por otro
las autoridades municipales ponían todo tipo de obstáculos
a la propaganda republicana. El mismo alcalde impidió la
reunión de los republicanos, no cediéndoles el local
del pósito y presionando a los arrendatarios del teatro para
que no aceptaran prestárselo. En la lucha política
todo era bueno. Además, comenzaron a difundir el rumor de
que Sama se retiraba. Esto movió al comité de Coalición
Republicana de Mérida a publicar un manifiesto explicando
la situación, haciendo especial hincapié en negar
la retirada de su candidatos (56).
La
prematura muerte de Sama unos meses después, en enero de
1895, truncó definitivamente sus aspiraciones políticas.
Ni él logró su apetecido escaño ni los republicanos,
en las contadas ocasiones en que volvieron a intentar la lucha,
conseguirían desplazar a los dinásticos del distrito
de Mérida.
3.
El discurso político de Sama.
Como
hemos apuntado ya, eran escasas las diferencias entre los tres partidos
republicanos que existían en los comienzos de la última
década del siglo (progresistas, federales y centralistas),
"tenían en común la defensa de una forma de gobierno
que consideraban consecuencia lógica y expresión máxima
del principio de soberanía nacional y la aceptación,
aunque con matices, del orden económico vigente" (57).
En todo lo demás aparecían divergencias, en muchas
ocasiones simple transposición de diferencias personales
entre los líderes. Era básica la discrepancia en la
táctica acerca de qué era lo verdaderamente revolucionario.
En última instancia no se puede dejar de lado una realidad
suficientemente conocida, que el republicanismo en España
no era sólo un proyecto político, sino que también
conllevaba una propuesta de reforma social. Esta afirmación,
general a todas las fuerzas republicanas, apareció indisolublemente
unida al planteamiento federal. (58).
El
discurso del republicanismo decimonónico se planteaba como
objetivo la reforma global de España y acorde con esto en
él coincidían un conjunto de planteamientos, de incidencia
política, social y económica, que se pueden resumir
en varios puntos:
- independencia del poder judicial con respecto al ejecutivo, como
forma de limitar las constantes intromisiones de los poderes públicos
que convertían a la justicia, elemento regulador, eso sí,
del orden social, pero también garantizador de un trato imparcial,
en un tosco apéndice, uno más, del sistema oligárquico
de dominación vigente.
- educación laica, que limitase el asfixiante protagonismo
religioso en el ámbito privado, pero también en el
público.
- autonomía para Cuba que legitimase su autogobierno y garantizase
con ello, al quitar argumentos a los independentistas, el mantenimiento
de su unión a España.
- regulación de las relaciones Iglesia-Estado, deslindado
de forma precisa sus respectivos ámbitos de actuación,
garantizadora, en última instancia, de la libertad de conciencia.
- reforma tributaria, que incluía la supresión de
los consumos y una potenciación, a partir de una más
ajustada evaluación de la riqueza rústica que evitase
el fraude, de la contribución territorial.
- iberismo, estrechamiento de los lazos con Portugal con vistas
a una integración política (59).
Los
republicanos realizaron una constante e incansable labor de divulgación
de sus planteamientos, comprendieron bien el valor de la comunicación
y utilizaron a fondo las posibilidades que ofrecía el único
medio existente en la época. Al margen del hecho de que estaban
muy divididos, los antidinásticos tenían unos rasgos
comunes que su abundante prensa se encargó de difundir (La
Crónica de Badajoz, Diario de Badajoz, La Coalición,
La Región Extremeña, en Badajoz; El Cantón
Extremeño en Plasencia; La Reforma de Cáceres, en
Cáceres, etc.). Aunque la mayor parte de estos periódicos
llevó una vida precaria y no sobrevivieron a la última
década del siglo XIX otros, en Badajoz, llegarían
hasta el final de la experiencia constitucional. Los republicanos
pacenses, estrechamente ligados a otros heterodoxos, como los masones
(60), tuvieron una constante presencia en
la vida pública de la ciudad, defendiendo siempre la significación
de las costumbres políticas.
No
se pueden dejar de lado, en una caracterización del movimiento
republicano, las cuestiones meramente personales. En este sentido,
como en todo colectivo, en el republicanismo extremeño coincidían
individuos de muy diferente clase y condición. Existía
un componente oligárquico, heredero de la tradición
del Sexenio, socialmente poco diferente de las fuerzas que constituían
el soporte básico del régimen de la Restauración
(61) pero también existía un
republicanismo popular, básicamente de clase media urbana,
ilustrada, muy notable en la ciudad de Badajoz. Sama pertenecía
a una familia rural acomodada, que en 1852 controlaba el mayor patrimonio
rústico privado de San Vicente de Alcántara. Se gestó
con la compra por Juan Pascual Sama (62) en
la Desamortización de Mendizábal, de la Encomienda
de Mayorga.
El
republicanismo de raíz popular desempeñó una
notable actividad pública, al margen de la lucha política
concreta. En Alburquerque aparecía un caso representativo.
El maestro Eugenio Bugarín Navarro, republicano, sostenía
a fines del siglo XIX, sin retribución, una clase nocturna
de adultos, exclusivamente para republicanos y sus hijos. Pero con
ello no se agotaba su labor docente. Terminadas las clases se trasladaba
al centro republicano, donde daba lectura a los periódicos
republicanos a los presentes, en su mayoría analfabetos;
se trataba de una tarea de adoctrinamiento que le originaría
problemas.
Rasgo
destacable de estos personajes era el contenido ético, de
donde se obtenía la fuerza moral necesaria para combatir
los valores sociales, y con frecuencia religiosos, dominantes y
asumir los problemas que de ello se derivaban. Los choques con la
Iglesia fueron constantes. En un ámbito muy concreto, la
defensa y práctica del matrimonio civil determinaba, por
sus innegables repercusiones públicas, marginación,
sobre todo en los núcleos pequeños.
Como republicano, Sama, al que cabe calificar de autor prolífico,
refleja en su planteamiento político el ideario del republicanismo
nacional en sus diversas manifestaciones. Se centró, sobre
todo, en sus preocupaciones pedagógicas y no fue especialmente
generoso a la hora de tratar de cuestiones políticas. Sin
embargo, dejó suficientes restos procedentes de su obra práctica
y en menor grado en la escrita, a través de los cuales es
posible conocer bien sus formulaciones.
Los
temas estrictamente relacionados con la política no ocuparon
un lugar importante en la producción bibliográfica
de Sama. Sin embargo, en un breve trabajo hacía frente de
forma bien directa a la cuestión (63).
Consideraba imprescindible ligar las reformas políticas a
las sociales. La principal reforma era la del sufragio, sobre el
que tenía una opinión muy negativa. Y no se trataba
sólo de aumentar el número de votantes, sino de modificar
las circunstancias materiales y morales en que vivía el electorado.
Su calificativo era inmisericorde, el sufragio era un derecho ilusorio,
porque el que lo había
de ejercitar "está sometido a la presión y dictadura
de la miseria o la ignorancia más abyecta". Los partidos
políticos, por tanto, debían ocuparse de mejorar la
educación y el estado precario de los obreros.
Defendía
la coherencia entre militancia política y vida privada. Todo
ello porque tenía una alta consideración de la política:
no se trataba de una actividad "para explotarla en beneficio
propio o en el de sus deudos y amigos", sino para servir a
la sociedad. Postulaba, en el plano cultural, la necesidad de fomentar
la lectura de periódicos políticos, reivindicaba así
el papel fundamental de la prensa como elemento previo para acceder
a la cultura escrita.
El
estudio de la obra de Pablo Montesino, su principal aportación
al campo de la Pedagogía nacional (64),
orientó a Sama, o en todo caso reforzó una tendencia
ya presente, en la necesidad de educar primero al pueblo, como tarea
previa al ejercicio de la soberanía, fundamento del orden
político. Por ello siempre concedió gran importancia
a la educación moral. Frente a la mera instrucción,
la formación. Había que crear ciudadanos capacitados
y esto debía hacerse a través de la educación,
pero la orientación de ésta la determinaba el sistema
político. De ahí la necesidad de actuar sobre éste
para transformar toda la sociedad.
Sama
explicaba sus derrotas con la argumentación tradicional del
republicanismo: la incultura del pueblo, fruto del atraso del país.
Las masas rurales, dominadas por el caciquismo, se mostraban incapaces
de apreciar las bondades de sus propuestas. La falta de opinión
pública madura, de ciudadanos conscientes de sus derechos
limitaba la penetración del republicanismo. Sama estaba convencido
de que sólo la educación popular permitiría
establecer la soberanía popular. Sin un pueblo culto no había
democracia. Sus relaciones con el krausismo han sido ya documentadas
(65). Esta formulación, que indudablemente
tenía sólidos basamentos, le hacía olvidar
que su discurso tampoco era el más adecuado para ser asumido
por las clases populares, como se comprobaría después
con la imparable difusión de los idearios obreristas. Es
decir, una cuestión es la solidez y coherencia de su discurso
y otra distinta es que llegara e interesara al campesinado.
Estos
elementos negativos, que comprometían el futuro, fueron bien
calibrados por Sama. Hemos visto como tras el fracaso en las elecciones
de 1894 hizo una explicación autocrítica, que mostraba
de forma precisa las limitaciones del republicanismo. Insistió
en la necesidad de elevar la cultura (crear opinión pública)
y condenó la actitud de aquéllos que sólo se
acordaban de trabajar al llegar las elecciones, por lo que los humildes,
la base del partido, cuyo apoyo se reclamaba ahora tras meses de
abandono y olvido, se irían unos al socialismo, otros al
anarquismo o, incluso, los más interesados se harían
monárquicos (66). Intuición
certera, que el tiempo se encargaría de confirmar. De hecho,
en estos ámbitos rurales a partir de comienzos de la segunda
década del siglo XX el republicanismo debió compartir
su espacio electoral con el socialismo.
Se
contraponía constantemente en el discurso republicano regeneración
frente a corrupción. El manifiesto electoral de los candidatos
por la circunscripción de Badajoz en 1893 decía: "La
República camina con pasos agigantados hacia nuestra patria,
para regenerarla y levantarla de la postración en que yace
por los desaciertos y corruptelas de las huestes monárquicas"
(67). A las clases populares se les recordaba
que en veinte años de Restauración solo se habían
visto "asquerosos negocios y hambre".
En
el manifiesto hecho público por el comité de Coalición
Republicana de Mérida en 1894, posiblemente inspirado por
Sama, cuyo objetivo era negar su retirada y denunciar los obstáculos
que se oponían a la difusión de las ideas republicanas,
se recogen algunos de los principios, no solo políticos sino
también morales, que defendía el movimiento antidinástico.
Se postulaba la necesidad de sacrificar el pragmatismo a los ideales;
de esta forma, frente al hombre práctico, el hombre consecuente.
Convencidos de su derrota, los republica-nos la aceptaban y se negaban
a admitir "los triunfos obtenidos por los favores y las artes
que ponen en juego el mundo oficial y los políticos poco
escrupulosos". Tampoco aceptaban ganar la voluntad del electorado
mediante el recurso tan usual de las promesas (al margen de las
explícitas e implícitamente contenidas en el programa
republicano), "prometiendo absurdos que siempre quedan incumplidos"(68).
Obviamente tampoco aceptaban emplear "otros medios positivos
que la ley castiga por corruptores e inmorales". Se mostraban
animosos hasta el final: "cumplid con vuestro deber, correligionarios,
no os arredre el calificativo de Quijotes con que acaso nos motejará
más de uno, pues tanto han de llegar a abundar los Sanchos
en día no lejano; que los mismos corruptores de la moral
política han de morir con el corazón atravesado por
sus dardos positivistas" (69).
En
definitiva, Sama trató de incorporar un compromiso ético
de significación de la vida política nacional frente
a aquellos que, ante todo, buscaban el disfrute sin freno de los
cargos públicos. Pero su discurso, tan elevado moralmente
como inoportuno políticamente, nunca tendría ocasión
de ser puesto a prueba, evitando así a su mentor el trance,
presumiblemente doloroso, de sufrir el duro contraste de la realidad.
Serían aquellos positivistas, tan criticados, los destinados
a usufructuar de forma permanente, y sin mayores escrúpulos
de conciencia, el poder.
1
OSTO, L.: Joaquín Sama, Badajoz, Diputación Provincial,
1991
2 Diario de Badajoz, 3 de enero de 1991
3 Sigue siendo obra de consulta obligada para
conocer el fenómeno en el Sur de Europa, la recopilación
clásica de Geliner, E. (ed.), Patronos y clientes en las
sociedades mediterráneas, Madrid, Júcar, 1986.
4 La Crónica, II de noviembre de 1890.
5 MERINERO MARTIN, Mª J. y SÁNCHEZ
MARROYO, F.: “Componentes filosóficos y elementos sociopolíticos
del discurso tradicional en la obra de Vicente Barrantes: una percepción
conservadora de la realidad nacional" en Tusell, J., GIL PECHARROMÁN,
J. y MONTERA, F.: (eds.) , Madrid, UNED, 1993, pp. 31 y ss.
6 ZAPATA
BLANCO, S.: El alcornoque y el corcho en España, 1850-1935
en Garrabou, R.; Barciela, C. y JIMÉNEZ BLANCO, J. l.: (eds.)
Historia Agraria de la España Contemporánea. 3. El
fin de la agricultura tradicional (1900-1960), Barcelona, Crítica,
1986, pp. 253 y ss.
7 En los principales centros de la industria
corchera extremeña, Alburquerque y Jerez de los Caballeros,
se organizaron manifestaciones públicas el 12 de enero de
1892 en honor de los miembros de la comisión que se desplazó
a Madrid para presionar a fin de lograr la imposición de
derechos de exportación al corcho en plancha, que se consideraba
causa de la ruina de la industria corchera en Extremadura. Diario
de Badajoz, 5 de enero de 1892.
8 SANCHEZ MARROYO, F.: Dehesas y terratenientes
en Extremadura. La propiedad de la tierra en la provincia de Cáceres
en los siglos XIX y XX, Mérida, Asamblea de Extremadura,
1993, pp. 261 y ss.
9 El mismo año que Sama, 1895, falleció
Georges W Robinson, propietario, además de notable terrateniente,
de una gran fábrica de tapones en Portalegre y otra en San
Vicente de Alcántara, que empleaba en las diversas labores
a cerca de 2.000 trabajadores. El negocio corchotaponero fue continuado
por su hijo, de igual nombre.
10 Las tensiones derivadas de las dificultades
de armonizar los intereses de los diferentes condóminos,
dueños de los distintos aprovechamientos de los baldíos,
originaron constantes incidentes. Sánchez Marroyo, F.: Movimientos
Populares y Reforma Agraria. Tensiones sociales en el campo extremeño
durante el Sexenio Democrático (1868-1873), Badajoz, Diputación
Provincial, 1992, pp. 183 y+ ss.
11 A fines de enero de 1893 los taponeros se
pusieron en huelga, complicando así un panorama social comarcal
crecientemente conflictivo. Porque, pocos meses más tarde,
los días 25 de junio de 1893 y siguientes, se produjeron
en Alburquerque motines, con su tradicional participación
de mujeres, contra los consumos.
12 SÁNCHEZ MARROYO, F.: "Los notables
y el control político. Las elecciones parlamentarias en Extremadura
(1876-1886)" en Investigaciones Históricas, 13, (1993),
pp. 223 y ss.
13 Se puede seguir la actividad municipal de
Sama en la obra, OSTO, L.: op. cit., pp. 23 y ss.
14 El sistema de propiedad rústico de
San Vicente de Alcántara estaba dominado tradicionalmente
por la gran propiedad. El protagonismo de ésta se vio intensificado
de forma notable desde mediados del siglo XIX por la integración
en su término de la antigua encomienda de Piedrabuena, de
la Orden de Alcántara. Sus 11.450 Has. la convertían
en una de las mayores fincas de Extremadura. Tras conocer diversas
peripecias, fue definitivamente enajenada por el Estado en 1867,
dividida en grandes
fragmentos, que correspondían a tradicionales divisiones
para su explotación, millares. A pesar de esta fragmentación,
su excepcional tamaño y riqueza la hicieron difícilmente
asequible a los capitales autóctonos. Esto hizo que las fincas
pasaran a manos de familias de terratenientes foráneos, entre
las que destacaron algunas importantes dinastías de banqueros
y financieros: Muguiro (Madrid); Sánchez de la Rosa (Cáceres);
Conde de Bagaes (Sevilla).
15 Esta cuestión llamó la atención
de los gobiernos del Sexenio, que nada práctico pudieron
hacer más allá de la tradicional apertura de una información
que confirmó la gravedad y extensión del problema.
16 SÁNCHEZ MARROYO, F.: Movimientos Populares y Reforma Agraria...,
pp. 183 y ss.
17 La Crónica de Badajoz, 8 de octubre de 1869.
18 A. H. P. Cáceres, Sección Audiencia, Libro de correspondencia
de la Audiencia Territorial de Cáceres, Leg. 23, Expediente
191.
19 Agradezco al profesor Fernando Tomás Pérez González,
notable investigador de la historia regional, su gentileza al facilitarme
el testimonio de un testigo de los hechos que ha permitido reconstruir
con cierta precisión unos sucesos que a pesar de los múltiples
y diversos restos documentales existentes aparecían confusos.
Se trata de las Memorias de Higinio Marqués, inéditas,
que, a pesar de su contenido poco sistemático, ofrecen interesantes
revelaciones sobre aquellos acontecimientos.
20 La Crónica de Badajoz, 13 de octubre de 1869.
21 José Moreno Baylén: nacido en Pisa, en 1822, y
fallecido en Mérida, en 1892, alcanzó especial renombre
como arqueólogo. Aunque estudió la carrera de marino,
los intereses del patrimonio familiar reclamaron su presencia en
Mérida de donde fue Alcalde y Presidente de la Sociedad Económica
de Amigos del País. Los descubrimientos en esa ciudad despertaron
su vocación por la numismática y la arqueología
y envió varios trabajos a la Real Academia de la Historia,
de la que fue nombrado académico correspondiente. Posteriormente
se le confió la dirección del Museo Arqueológico
emeritense. Aunque pertenecía a una linajuda familia, hijo
del II Conde de Fuente Blanca y hermano del III, se decantó
por el republicanismo, campo en el que alcanzó un destacado
protagonismo, de manera que al final de su vida se le consideraba
el "decano de la democracia extremeña". En 1881
fue nombrado presidente del recién constituido comité
democrático-progresista de Mérida. Ese mismo año
fue elegido como Presidente del comité provincial de Badajoz
del Partido Republicano Progresista, cargo que desempeñaría
en los años sucesivos hasta su muerte.
22 Cipriano Piñero Salguero fue un caracterizado representante
de la oligarquía rural extremeña, firmemente asentado
en la política del ámbito comarcal de Mérida.
Nació en Montijo en 1835 y falleció en diciembre de
1893. Fue primero moderado en la etapa isabelina, luego alfonsino
en las postrimerías de la monarquía de Amadeo y, desde,
1879, al no encontrar hueco en las filas conservadoras, en las que
militó en 1876, se trasvasó al fusionismo, en cuyo
campo le sorprendió la muerte. Su activa vida pública
se desarrolló, pues, en tres regímenes diferentes.
Fue Diputado a Cortes en 1866, 1871, 1872, 1876 y 1893 y senador
en 1882y 1886.
23 Como ha escrito un destacado especialista, Ruiz Zorrilla, "consciente
del poder que el Gobierno detenta para fabricar mayorías
no desea reforzar por ningún procedimiento recusable la victoria
electoral", de esta forma "es indudable que, desde el
punto de vista democrático, la actuación del Gobierno
Ruiz Zorrilla fue sumamente correcta y significó un paso
adelante en la normalización del juego democrático",
MARTÍNEZ CUADRADADO, M.: Elecciones y partidos políticos
de España (1868-1931), Madrid, Taurus, 1969,1, p. 161.
24 Piñero, 3.136 voros; Sama, 3.044. La Crónica de
Badajoz, 28 de julio de 1872.
25 Miguel Alcantú nacido en 1824 en Madrid, se estableció
como médico titular de Alburquerque en 1848. Durante la epidemia
colérica de 1856 desempeñó un destacado papel.
Su ascendiente sobre las clases populares le permitió controlar
los excesos surgidos en las coyunturas revolucionarias de 1854 y
1868. Persona de gran integridad, murió pobre. Se trataba
de un veterano luchador republicano que ya en enero de 1870, en
una elección parcial, había disputado por primera
vez con este carácter un acta de diputado a Cortes, resultando
vencido, por muy estrecho margen, por otro candidato republicano.
En agosto de 1872 realizó un reparto de papeles con Sama;
mientras éste luchaba por el acta de diputado a Cortes, Alcantú
presentó su candidatura al Senado. Falleció en Alburquerque
en 1878.
26 DÍAZ y PÉREZ, N.: Diccionario Histórico,
Biográfico, Critico y Bibliográfico de autores, artistas
y extremeños ilustres, Madrid, Pérez y Boix editores,
1884-88.
27 RODRÍGUEZ salís, E.: Historia del Partido Republicano
Español, Madrid Imp. de Fernando Cao y Domingo del Val, 1893,2
tomos.
28 Una actualizada visión de conjunto aunque desigual en
su plasmación, en TOWNSON, N.: (ed.), El republicanismo en
España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994.
29 Eduardo Baselga Chaves nació en Villanueva del Fresno
en 1838. Médico por la Universidad de Sevilla en 1864, ingresó
en la Sanidad Militar. Liberal desde su juventud y demócrata
desde la Revolución de Septiembre, ya en 1872 intentó
aspirar al escaño de Diputado a Cortes, pero deseoso de no
dividir las fuerzas del partido radical en el distrito de Jerez
de los Caballeros, se retiró en favor de José Portillo.
Su gran oportunidad política llegó, paradójicamente,
con el fin de la experiencia democrática. Triunfó
por primera vez en 1879 ayudado por sus parientes, la empresa del
ferrocarril Sevilla-Mérida y el senador moderado Nicolás
Hurtado. Desplegó tal actividad que se creó un círculo
de intereses clientelares lo que le permitiría, con la protección
de los gobernantes dinásticos, ser reelegido por la circunscripción
de Badajoz en 1881, 1884, 1886, 1891 y 1893 sin el apoyo de buena
parte de los republicanos y teniendo en contra a la mayoría
de la prensa democrática. Al final de su vida, dividido y
subdividido el partido progresista a la muerte de Ruiz Zorrilla,
y desaparecidos sus apoyos básicos, su situación se
hizo insostenible, logrando a duras penas el escaño de Diputado
a Cortes por última vez en 1899. Abandonado por todos, hasta
de muchos de sus amigos personales, se hizo monárquico y
fue elegido senador liberal en 1905, cargo que desempeñaba
cuando falleció en 1906.
30 A efectos comparativos, para ver su importancia en el contexto
nacional, DARDÉ, C.: "Los partidos republicanos en la
primera etapa de la Restauración (1875-1890)" en Jover,
J. Ma (coord.), El siglo XIX en España: doce estudios, Barcelona,
Planeta, 1974, pp. 433 y ss.
31 José de Castro López: que había nacido en
Badajoz en 1828, era hijo de Mariano de Castro Pérez, auditor
de Guerra y destacado especulador en operaciones inmobiliarias.
Siguió la carrera militar, que estuvo siempre muy unida a
su patria chica. Seguidor de Martínez Campos desde los sucesos
de Sagunto, a él ligaría su fortuna política.
De hecho la prensa republicana siempre atribuyó los éxitos
de su carrera a la protección de aquél personaje.
Ajeno a cualquier partido, se le consideraba políticamente
campista: adicto con los fusionistas y adicto con los conservadores.
En realidad evolucionó siguiendo a Arsenio Martínez
Campos. Militar de Estado Mayor, realizó una lenta, pero
imparable ascensión en el escalafón, que le permitió
alcanzar las más altas cotas. En 1875 era coronel jefe de
Estado Mayor de la Capitanía General de Extremadura en Badajoz.
En 1887 ascendió a Mariscal de Campo. En 1888 cesó
en el mando del Gobierno Militar de Badajoz. Los republicanos le
tenían en gran consideración por su comportamiento
en agosto de 1883, cuando, tras la intentona revolucionaria, llegó
a Badajoz acompañando al general Blanco: evitó disgustos
y represalias. Aun cuando se enfrentaron electoralmente a él
siempre le mostraron respeto. En 1891 fue nombrado Consejero de
Estado y en 1893 culminó su carrera militar, ascendiendo
a Teniente General. Falleció en mayo de 1902. Los últimos
días de su vida se vieron amargados por un escándalo
de corrupción: el proceso incoado en Madrid a su hijo Eugenio
de Castro Rendón por falsificaciones de letras, pagarés
y cartas. El proceso, en 1903, adquirió un notable peso y
repercusión pública tanto por el volumen de las operaciones
como por las personas complicadas. Al general Castro se le consideraba
en 1890 el hombre más influyente de la provincia, antes por
ser fusionista y entonces por ser amigo de Arsenio Martínez
Campos. Fue Diputado a Cortes por Mérida en 1881, 1886, 1891,
1894, 1896 y senador por la provincia de Badajoz en 1899. Además,
el general Castro era hombre de notable patrimonio rústico;
en este sentido no dejaba de ser un terrateniente extremeño
más.
32 La Crónica, 13 de octubre de 1890.
33 En el ámbito estricto extremeño sería el
caso no sólo de Baselga, el ejemplo más notorio, sino
también el de los otros republicanos que alcanzaron un escaño
durante la Restauración: Urbano González Serrano (Navalmoral
de la Mata), Ramón Cepeda Montero (Plasencia) o Juan Uña
Sarthou (Llerena).
34 La Región Extremeña, 18 de febrero de 1893. .
35 La Crónica, 19 de enero 1884.
36 Diario de Badajoz, 9 de julio de 1890.
37 Diario de Badajoz, 9 de julio de 1890.
38 Diario de Badajoz, 21 de enero de 1891.
39 La Crónica, 3 de enero de 1891.
40 La Crónica, 28 de enero de1891
41 Diario de Badajoz, 21 de marzo de 1891.
42 En las elecciones municipales de diciembre de 1891 los republicanos
vencieron en San Vicente de Alcántara.
43 Esta situación era general a la provincia. El análisis
de los resultados en la circunscripción de Badajoz en 1891,
con varios aspirantes antidinásticos, realizado por La Crónica,
es significativo, muestra que los republicanos conocían bien
los entresijos del sistema, las corruptelas que permitían
vaciar de contenido el ejercicio del sufragio. En 26 localidades
se consideraba que había habido lucha, con presencia de interventores
republicanos que cumplieron su deber, evitando la volcadura de pucheros.
En ellos el resultado quedó equilibrado. En los diez pueblos
restantes votaron falsamente (sin enfermos ni muertos) la totalidad
de los electores. Aquí es donde se volcó el censo
en favor de los candidatos oficiales. La Crónica, 28 de febrero
de 1891. Acorde con ello la valoración del resultado no podía
ser más precisa: "Las elecciones verificadas el día
10 constituyen un padrón de ignominia para el Gobierno y
para los caciques mayores y menores de este partido. Y también
para otros caciques que no se llaman conservadores". La Crónica,
3 de febrero de 1891.
44 La Región Extremeña, 3 de diciembre de 1892.
45 La Región Extremeña, 17 de enero de 1893.
46 La Región Extremeña, 12 de febrero de 1893.
47 Al llegar las elecciones de 1893 nuevamente se planteó
la dificultad de organizar las candidaturas republicanas de la circunscripción,
una vez más surgió la división. Eran tres partidos
y dos lugares. Además Baselga actuaba por su cuenta. Federales
y centralistas eran partidarios de la antevotación; ante
el conflicto de intereses se elevó consulta sobre el asunto
al Directorio de la Unión Republicana. Pero no fue posible
el acuerdo. A pesar del arbitraje del Directorio, fueron designados
Sánchez Pérez y Cervera, federal uno y centralista
el segundo. Baselga no se resignó y decidió luchar
por su cuenta, como siempre con apoyo oficial.
48 Nuevo Diario de Badajoz, 10 de marzo de 1893.
49 La Región Extremeña, 9 y 10 de marzo de 1893.
50 La Región Extremeña, 5 de
marzo de 1893.
51 El Ministro de la Gobernación se
molestó por la tolerancia del Gobernador Civil con los oradores
portugueses.
52 Nuevo Diario de Badajoz, 26 de junio de
1893.
53 Nuevo Diario de Badajoz, 15 de mayo de 1894.
54 La Región Extremeña, 23 de
mayo de 1894.
55 La Región Extremeña, 11 de
mayo de 1894.
56 La Región Extremeña, 13 de
mayo de 1894.
57 DARDÉ MORALES, C.: "La larga
noche de la Restauración, 1875-1900" en Townson, N.,
(ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza,
1994, p. 113.
58 JUGLAR, A.: Federalismo y revolución.
Las ideas sociales de Pi y Margall, Barcelona, Universidad, 1966,
y de forma más amplia, Pi y Margall y el federalismo español,
Madrid, Taurus, 1975.
59 Diario de Badajoz, 4 de marzo de 1890.
60 LÓPEZ CASIMIRO, F., Masonería y republicanismo
en la Baja Extremadura, Badajoz, Diputación Provincial, 1992.
61 Este fenómeno, presente con fuerza
en Badajoz, era especialmente notable en Cáceres, donde los
principales dirigentes del movimiento antidinástico decimonónico,
Eladio Marcos Calleja, Aureliano García de Guadiana, Marqués
de Santa Marta, Emilio Pérez Morales, figuraban entre los
mayores terratenientes de la provincia. Esta convivencia en su seno
de grandes oligarcas, clases medias ilustradas y elementos populares
ayuda a explicar la ambigüedad social del republicanismo, cuyo
eje central, y prácticamente único, de coincidencia
era la defensa de la democracia, panacea universal destinada a resolver
los males del país.
62 La familia debía pertenecer al colectivo
de comerciantes de origen catalán establecidos en Extremadura
a finales del Antiguo Régimen. Durante la Guerra de la Independencia
los Sama facilitaron suministros a las tropas nacionales, pagados
con créditos que serían empleados para adquirir los
Bienes Nacionales. A través de los múltiples pleitos
que generó la herencia de Juan Pascual Sama sabemos que éste
compró para la familia.
63 SAMA VINAGRE, J.: "Los partidos políticos
y la situación de nuestras clases obreras" en Boletín
de la Institución Libre de Enseñanza, XI, 253, 1887,
pp. 249-250.
64 SAMA VINAGRE, J.: Montesino y sus doctrinas
pedagógicas, Barcelona, Bastinos, 1888.
65 PECELLÍN LANCHARRO, M.: El Krausismo
en Badajoz. Tomás Romero de Castilla, Cáceres, Universidad
de Extremadura, 1987.
66 La Región Extremeña, 23 de
mayo de 1894.
67 La Región Extremeña, 1 de
marzo de 1893.
68 Contrasta esta actitud con las abundantes
promesas de realizaciones concretas recogidas en otros manifiestos
de políticos dinásticos, como el que en 1891 dirigió
Fernando Ceballos Solís a los electores liberales del distrito
de Almendralejo: desaparición de los consumos, ejecución
de obras públicas, desarrollo de la riqueza e instrucción,
etc., Diario de Badajoz, 16 de enero de 1891.
|