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ADIÓS,
FERNANDO
Álvaro Valverde
(Diarios HOY y ABC, Agosto de 2005)
Tengo plena conciencia de que una de las cosas más importantes
de mi vida ha sido conocer a Fernando Tomás Pérez
González y tratarlo, sobre todo, a lo largo de estos últimos
años, cuando el destino quiso que trabajáramos juntos.
Por lo mismo, pueden suponer que éste es para mí un
trance muy doloroso y que la suya es una muerte que vivo con la
desdicha con que se sufren las muertes cercanas, las de los familiares
directos y unos pocos, muy pocos, amigos. No puedo olvidar ahora,
ya que lo menciono, su constante apoyo, tan elegante, discreto e
inteligente como todo lo suyo, mientras duró la larga enfermedad
de mi padre y lo que me confortó abrazarle en Plasencia durante
su funeral.
 
Necesito decirlo pronto: no es concebible que algunos de los mejores
se nos vayan tan pronto, tan a destiempo. ¡Malditas comparaciones!
Más aún, añado, cuando se ha nacido y se ha
vivido en Extremadura. Sí, porque si a alguien, además
de a Susi, Fernando, Isidro, sus hermanos y sus amigos, a quien
de verdad le seguía haciendo falta Fernando Pérez
era a esta tierra, tan necesitada de personas inteligentes y capaces
y tan sobrada de mediocres, figurones y, en fin, académicos
de Argamasilla, como él atinadamente los denominó
en su último artículo periodístico, una suerte
de testamento vital. Un texto impecable escrito con la enfermedad
muy avanzada y, por ello, con la lucidez del que dice lo que piensa
a tumba abierta, algo que, por lo demás, hizo siempre. Precisamente
allí, entre líneas, como diría su amigo Luis
Landero, estaba la figura de su padre, Fernando Pérez Marqués,
que acababa de ser vilmente ninguneada (como la suya) en una reciente
perorata dizque académica. No en vano, a su sombra, y para
bien, creció Fernando y nunca dejó de seguir de cerca
su ejemplo humano e intelectual por mucho que sus ideas (liberales
en todo caso) no fueran siempre coincidentes, en especial durante
sus años de militancia antifranquista.
 
Aunque le había leído, conocí personalmente
a Fernando en los ochenta. Nuestra amistad se afianzó al
comprometerse con la Asociación de Escritores Extremeños,
de la que fue secretario hasta que le llamó su viejo amigo
y compañero de estudios Francisco Muñoz para que dirigiera
la Editora Regional. Con un gran sentido del servicio público,
no dudó en renunciar temporalmente a su labor creativa (eso,
ay, creímos entonces), a su obra ensayística (en lo
esencial, cercana al pensamiento científico), para volcarse
de lleno en otra tarea, la de editor, que ha cumplido sobradamente.
Será muy difícil suplirle en ese puesto. Imposible,
sin duda, estar a la misma altura a la que él rayó.
Es falso que no haya personas imprescindibles. Así, desde
el más absoluto desprecio, en estos años ha logrado
que su gestión al frente de la ERE goce del respeto y la
admiración de algunos de los mejores editores (privados)
de este país: Manuel Borrás, Beatriz de Moura, Jorge
Herralde... Por lo mismo, ha logrado que la Editora pase a ser una
editorial acreditada en el ámbito nacional algo, también
esto, que no podremos agradecerle bastante. Sería interminable
hablar de los libros que editó quien era, antes que nada,
un gran lector, pero me gustaría citar, al menos, la magnífica
colección de la Biblioteca de Barcarrota (que, por desgracia,
no verá culminada) y las de La Gaveta (su preferida, según
creo) y Ensayo Literario, que él también fundó;
con un gran sentido de la orientación literaria, por cierto.
 
Además, fue el impulsor de los Talleres de Relato y Poesía,
de los Premios Extremadura a la Creación y de un sinfín
de proyectos de la Consejería de Cultura, donde tanto se
le echará de menos.
 
Espero no olvidar nunca todo lo que he aprendido trabajando a su
lado. A costa de que nos compararan con una pareja de la Guardia
Civil, me encantaba ir con él a cualquier parte y con cualquier
excusa para que fuera contándome cosas y aprovechaba esos
viajes para preguntarle cuanto podía. Es indudable que compartíamos
muchos gustos y nuestras afinidades literarias eran evidentes.
 
Fue un honor tenerlo como editor y un placer ver mis libros impresos
en las bonitas colecciones de la ERE.
 
Este verano, el último de su vida, me he acordado mucho de
él, sobre todo en la playa. Por teléfono, con la voz
ya muy débil, decía que nos envidiaba y los dos aludíamos,
en legítima defensa, a un agosto futuro que sabíamos
imposible. Conmigo se quedan las conversaciones en su casa de La
Barrosa y los paseos por las calles y las librerías de Cádiz
y le observo desde lo alto de la Torre Tavira, que él nos
enseñó, donde permanecerá para siempre en forma
de poema.
 
La esperanza, a pesar de los pesares, está de nuestra parte.
Por lo que ha realizado, que no es poco, y porque tengo el convencimiento
de que la saga continúa. Hay otro Fernando Pérez,
su hijo mayor, dispuesto a seguir dando la batalla por la cultura
y la libertad de esta tierra. Seguro.
TORRE
TAVIRA
(Babelia,
El País, 10 de enero de 2002)
Para Susi y Fernando T.
Miras alrededor como si el mundo
pudiera reducirse a lo que observas
desde este torreón que bate el viento.
Te rodean dos mares: uno de agua
y el otro de azoteas, separadas
por el raso trazado de las calles.
El de agua es un mar de brumas blancas.
El de las azoteas toma el tono
de ropas que se orean al levante.
La luz de atardecida mancha todo
de un incierto color tostado y ocre.
La ciudad es un círculo cerrado
salpicado de torres y de árboles.
A lo lejos, la estela de algún barco
que vuelve o que se va por la bahía
te invita a repasar tu singladura:
en la cámara oscura ves a otro
repetir tu viaje hacia la nada.
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