Marrón, lisa y brillante, fue deseo
de tu mano fugaz y persistente
para dejar su huella en nuestra casa.
Llegó de un cementerio con ilustres
perpetuos moradores, la encontraste,
te acompañó hasta aquí. No hemos sabido
quién la ayudó a crecer, cuál fue su
abono
- la tierra de los muertos, tan oscura-,
o si su carne envuelta guarda el fruto
podrido de la vida, o destrozados
vestigios de las páginas segadas
a un libro o a una voz. Pero jamás
osaremos abrir lo que su cáscara
pueda ocultar de esa feroz ausencia
que germina detrás de los despojos,
donde una sangre corre transparente
regalando verdor entre los túmulos
de aquellos que al marcharse nos dejaron
su impronta de silencio en el silencio.
|